Entonces Yago susurró al oído de Otelo

He visto a menudo infamias en forma de opinión. Que opinar es sano y necesario, pero difamar es deleznable. Que el difamador nunca asume su felonía y le llama libertad de expresión. La diferencia es sencilla: la libre opinión no descalifica y no es utilizada para escupir bilis contra el que desata la ira de uno.  La difamación le llama opinión a su rabia como se le puede llamar cordero al lobo. La difamación no tiene pruebas y le basta con especular, mentir, enredar. La difamación por ser acusadora es la que debe demostrar que no busca el escarnio y mientras no pueda demostrar nada de lo que pregona es simple y llana injuria.

La difamación por ser acusadora es la que debe demostrar que no busca el escarnio y mientras no pueda demostrar nada de lo que pregona es simple y llana injuria.

Que el que busca desprestigiar a quien en el fondo envidia, dice que obra como mero informador de los hechos y salvador de la patria, pero en realidad con la calumnia —acusar sin pruebas es calumniar y punto— anhela distorsionar la fama de aquel que es objeto de su mentira. Me viene a la cabeza el moro de Venecia: como Yago, por rencor, quiere desatar los celos de Otelo, urde un plan para ensuciarcalumnia el honor de Desdémona, la esposa de éste último.  Recuerdo también a Mary Tildford de La calumnia —obra  maestra de Lillian Helman que podéis ver en Carro de Baco en estos momentos— que inventa una intriga, basada en ciertos chismes sin aparente fundamento, para influir en la opinión de su abuela que tiene el poder suficiente para arruinar la vida de Karen y de Martha, las maestras de Mary. Mary, dice opinar libremente, pero en realidad, eleva a hechos consumados habladurías sin peso específico ni credenciales y atenta contra el honor de sus maestras. Con las injurias nacen los prejuicios de los que se dejan convencer fácilmente —por interés o por ignorancia— sin cotejar los hechos y ya nunca se vuelve a reparar el daño cometido. Un plato lanzado al suelo se rompe en mil pedazos y, aunque pongamos todo el empeño en recomponer las piezas, la grieta permanece para siempre. Para evitar la punzada más vale no jugar con los dardos del escarnio que todos sabemos lo que pasó en Venecia cuando Yago susurró en el oído de Otelo.

 

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