TITULITIS

Vivimos en una era de marcas y títulos. Si damos un paso no damos el siguiente a no ser que un papel acreditado nos lo avale y mientras esperamos el preciado crédito se nos olvida caminar. Necesitamos imperiosamente el título, porque sin él nos sentimos desprotegidos. Si no hay un sello oficial que diga lo que valemos se nos representa que no valemos nada. Sin grado, sin diplomatura, sin licenciatura, el que contrata, fiel a la máxima del tiempo es oro, ni se digna a considerarnos. Hasta aquí la cruda realidad del mercado. Hasta aquí la exposición de un complejo de inferioridad, shakespeare3_2201668bel nuestro, que sólo se calma untando con un diploma en la frente del receloso. Pasa que, quizá en otros ámbitos no sea así, en la órbita artístico teatral, la valía se demuestra pisando escenario y no atesorando títulos. Hablamos de un oficio y no hay oficio que no se aprenda sin práctica. Título no es sinónimo de conocimiento, digamos que no es directamente proporcional. Te puede acercar a la luz o te puede enrocar en una oscura cueva, todo depende de qué, cuánto, cuándo y cómo. Lo que sí nos puede llegar a decir una certificación de estudios es que pasaste, dócilmente, por el aro de lo que se estila en el momento. El teatro tiene un setenta y cinco por ciento de paro y no hay licencia que frene esa estadística.

El teatro es un oficio y no hay maestro que te venda la fórmula mágica de cómo actúar a lo Dereck Jakobi. Si alguien es capaz de enseñarte la técnica infalible, no estamos ante un maestro de teatro, estamos ante un vendedor de crecepelo.

Alguno podría argumentar que los títulos honran a la profesión, que elevan el arte al nivel de otras carreras, pero no olvidemos que detrás de esa afirmación hay un gran negocio que vive de la sangre del que sueña con el resplandor de las candilejas. No olvidemos que muchos de esos sueños acaban en un callejón sin salida con centenares de artistas titulados engrosando la desmoralizadora cifra del paro. A mi entender, lo que realmente revaloriza una profesión es el énfasis que un gobierno pone en su impulso y desarrollo. No necesitamos un papel firmado por un Ministro a la vez que otro Ministro coloca el Arte en un tercer plano de prioridades. Trampas las mínimas. La cosa es tan sencilla como cruda: para profesionalizarte en el teatro o te pagas un autónomo, cosa que implica un alto coste económico, o esperas con impaciencia un contrato esporádico mientras al teléfono le va saliendo seda de araña, o te dedicas a moverte en el negro camino del camino negro. Títulos. Certificados. Membretes justificativos. Vampiros con pinta de docentes cualificados. En una mano el dogma y en la otra el monedero. El teatro es un oficio y no hay maestro que te venda la fórmula mágica de cómo actúar a lo Dereck Jakobi. Si alguien es capaz de enseñarte la técnica infalible, no estamos ante un maestro de teatro, estamos ante un vendedor de crecepelo. Tú mismo, contigo mismo primero y con el resto después, tendrás que encontrar la hebra a base de probar mucho y errar otras tantas veces. Así lo hicieron Molière o Shakespeare o Marlon Brando o Giulietta Masina o Pepe Isbert. No hay título que valga lo que vale un minuto en escena abriendo tus vísceras, agitando tu imaginación, proyectando tus fantasmas. Mis alumnos me preguntan sobre este tema y yo les digo lo que pienso en base a mi experiencia. No les aparto de sus ilusiones, ni soy quién ni soy dueño de la verdad, pero les animo a que no pongan sus objetivos en una marca definitiva, a que les digan a sus pies que les lleven más allá de cualquier límite y, cuando lo conquisten, sigan caminando. Antes, el principiante se incorporaba a una troupe y aprendía de los más veteranos: la idea de que la sabiduría de los mayores y la energía de los jóvenes movía el mundo era un hecho. Hoy sólo creemos saber algo si un folio manchado con un timbre oficialísimo lo acredita. La tendenciosa oficialidad se comió la libertad de aprender. Aprender con la obligación de hacer lo que complace a los demás no es aprender, es ser esclavo de la norma. Siempre lo que piensan los demás ¿Y tú? ¿Y tu vocación? Con título o sin título, déjate de pamplinas y obedece a tu instinto.

* El autor de la mejor ópera inspirada en las obras de Shakespeare -sólo los seis primeros minutos es para cagarse de gusto- no fue aceptado en el conservatorio de música de Milán y se quedó sin título oficial ¿Sabéis cómo se llama hoy en día dicho conservatorio? En efecto. Por paradójico que parezca así se llama. Pulsa sobre la imagen y disfruta la música.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s