Mentira

Mentimos. Para esto o para lo otro, pero mentimos. Con oscuras intenciones o con autorización oficial, pero mentimos. Para doblegar al estatus o para mantenernos en él. Mentimos por amor, por exceso o por carencia de las taquicardias que produce. Mentimos por envidia, por celos, por miedo, por justicia, pero mentimos. Para hacernos acreedores de la verdad ocultamos nuestra sombra, que es una manera de ejercer el influjo de la mentira. Cuando el temor a no ser reconocidos aterriza en nuestro feudo, coqueteamos con la mentira que nos hace fuertes ante la omnipresente silueta del miedo. Decimos que amamos impulsados por el odio. Lloramos más gotas de las precisas para mentirasperturbar la objetividad del observante: que si sentimos empatía por el que padece con brillantes lágrimas perdemos la capacidad de dar brillo al razonamiento. El caso es que mentimos. A pesar de que nos atribuimos libertad de voto, traicionamos nuestra inteligencia y seguimos eligiendo al paradigma de la mentira para que nos gobierne. A pesar de que el maltratador amaga su puño de hierro, nos engañamos creyendo que el amor selló para siempre su virulencia; hasta que las heridas de la sumisión, la pesadilla y los golpes con olor a muerte se abren definitivamente. Nos engañamos cuando estafamos a un amigo para soportar el picor de las barbas de Judas sobre la conciencia. Mentir es fácil: sólo hay que decir una cosa y hacer otra. Mentir es fácil, pero no gratuito: cuando mientes justificas la mentira otorgando potestad para que se vuelva hacia ti como el puñal de Bruto.

Mentimos. Mentimos, pero el arte escénico no debe hacerlo. Lo que en escena sucede es una mentira pactada -si no, no es teatro- y por tanto deja de ser mentira para transformarse en un acto de seducción, de persuasión. Por eso, cuando a un farsante se le dice que no haga teatro se está pervirtiendo el significado real del teatro mismo. Sólo son palabras, pero mal utilizadas por ignorancia o por interés malicioso. El mentiroso no hace teatro, porque, como mentiroso que es, no pacta su mentira. El teatro suele ser un acto de transparencia y no de camuflaje de los hechos. El arte escénico no miente, no si es arte escénico. Los impostores de la vida no hacen farándula. Los fariseos de la vida, cuando mienten, no esperan una reflexión de su víctima ni un posicionamiento ante los hechos ni un ápice de rebeldía. La mentira te roba las armas cuando el teatro te las ofrece. La mentira quiere desposeerte de tus principios, para imponer los suyos, cuando el teatro busca enriquecer el patrimonio de tu conocimiento. Los panfletos, no son teatro. El panfleto es el libreto unilateral del charlatán. Las puestas en escena inmaculadas, políticamente correctas, sin ánimo de molestar, que a todos gustan porque buscan gustar a todos, no hacen justicia al teatro, porque son una suerte de mentira a modo de analgésico. Las obras cimentadas en oro, levantadas con pilares de oro y cubiertas con tejas de oro, no son teatro, porque están compradas por la mentira para amansar a las bestias. El teatro se purifica cuando es pobre de medios y rico en imaginación.

Mentir es fácil: sólo hay que decir una cosa y hacer otra. Mentir es fácil, pero no gratuito: cuando mientes justificas a la mentira que puede volverse hacia ti como el puñal de Bruto.

Los actores que hacen teatro saben que, con la perfección de su arte, son capaces de anular lo relativo de la verdad. El teatro alcanza su plenitud si es objetivo, si es sugestivo, si es entretenido, si proyecta nuestros deseos ocultos, si alimenta la empatía hacia las motivaciones de los seres que lo habitan. El teatro equilibra la distancia entre el héroe y el villano para no padecer de parcialidad. En el teatro Jesús pudo haber traicionado a Judas, los Estados Unidos pudieron haber lanzado la bomba en un Japón ya rendido, Juan Carlos pudo haber alentado a Armada para dar el golpe y Claudio pudiera haber sido padre del heredero de Elsinor. Porque, en teatro, lo oficial es la gran mentira que oculta la zarpa de la injusticia y en la vida sin teatro, lo oficial va a misa, venera una única bandera y acaba siendo autorizado por centenares de miles de borregos.

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