LAS TRES HERMANAS

Caricias. Sin caricias no soy nada. De las que te electrizan la piel, de las que te hacen gemir, de las que te amoratan la cara, porque necesito el contacto, la respuesta, la aceptación. Sin las caricias amables o cínicas, tiernas o violentas, soy poco más que una nulidad.

Necesito ser acariciado como Tushenbach que busca la mirada de Eros en el rostro de Irina, pero en el Moscú de la joven no cabe uno como él, en el Moscú inalcanzable de la joven no caben más que las burbujas de la frustración. Caricias necesito como Vershinin que se ahoga en la morada de la infelicidad y resiste por miedo al qué dirán de un militar de su rango. Caricias de pasión y dosis dionisíacas de lascivia necesita Masha para salir de la rutina de la peonza que da vueltas a toda velocidad, pero sin moverse del breve espacio donde gira. Se muere por ser acariciado Solioni, pero con caricias de flechas, con marciales caricias de fuego, porque busca la tempestad, como si en la tempestad se alcanzara la paz. Caricias quiere Chebutikin y cuando no comparecen se instala en la amnesia, en la negación del enfrentamiento ante las fauces del destino trágico. El reloj se hace trizas en el suelo como si así se pudiera frenar el paso del tiempo o como si la fugacidad de la felicidad se pudiera congelar eternamente. Jóvenes caricias en las ancianas canas solicita la temblorosa Anfisa que teme a la vejez en soledad. Caricias que le borren del mundo pretende Andrei, incapaz de hacerse dueño de su destino, absorbido por la inacción ante la evidencia de los hechos, inútil ante la avalancha de modernidad que los absorberá a todos a las zonas abisales del silencio. Caricias de un prójimo masculino serían un buen bálsamo para Olga, caricias en un corazoncillo encogido por el pánico de morir en el vacío, sin el calor de las viriles figuras por el salón de los Prozórov. Caricias de juguete busca Fedótik que sale al encuentro de la infancia perdida sin saber que el niño no se conquista con una caja cerrada de lápices de colores. Caricias anhela Kuliguin que no quiere parecer un fraude a ojos del mundo y se lanza a la ridícula aventura de perdonar la humillación. Caricias de reconocimiento exige Natasha que por ser plebeya sabe del rechazo tácito de la jerarquía social a la que aspira. Sordas caricias de Ferapont para oídos sordos. Mientras tanto las lágrimas de las tres hermanas caen como caen las  hojas de otoño, porque lo nuevo ha llegado para instalarse definitivamente reduciendo a lamento, a conquista imposible, los sueños de lo viejo. La peonza de la existencia gira sobre su propio eje para los Prozórov, mientras la vida sigue su curso como las aves migratorias vuelan hacia lugares cálidos donde haya otras caricias, amables o cínicas, tiernas o violentas.

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