El Ministro nos quiere felices

Nuestro Ministro de cultura -perdón por el posesivo- explica que no tiene una visión mercantilista de lo cultural ¿Qué gracia no? ¿De qué podrían vivir los profesionales de la cultura entonces? ¡Ah! Él puede cobrar un sueldo -no así la gente de cultura paradójicamente amparada por su cartera ministerial- pero si el Ministro de cultura dice que está feo hablar de mercado, cuando se habla de cultura, por algo será ¿No? La cultura ni se compra ni se vende ¡Tócate la pera!  ¡A vivir del aire, bohemios!  ¿O es que algún ingenuo pretende sacar rédito económico por hacer teatro, música o cualquier otra cosa de esas? ¡Asco!

La cultura es algo más que impuestos, PIB, inversiones y demás ¿Verdad, Señor Ministro? Pero al decir que es “algo más” nos está usted sugiriendo que es “algo menos” No me gusta pintar lo que vendo, Señor Ministro, pero… ¿puedo vender lo que pinto? ¿Qué tal si le recortamos el sueldo a usted? No se puede negar, usted es cultura, el mandamás de la cultura, el ejemplo de la cultura en España y como bien argumenta, en ejercicio de su responsabilidad, tener una perspectiva mercantilista de la cultura -valga la redundancia- no es de recibo. Pero, si usted dice lo que dice y a pesar de ello no pone su sueldo de cultura a disposición de los ciudadanos será por algo ¿No?

Señor Ministro, en mi mano hay una flauta y tocarla tiene un precio, si no me paga la haré sonar hasta limpiar Hamelin de las ratas que buscan rebajar la carne a carroña y de los taimados que sueñan con gobernar en el país de los necios.

¿Mercado y cultura no casan? ¿La cultura no puede nutrirse del mercado y viceversa? ¿Tan malo es que los productos culturales generen puestos de trabajo o recauden impuestos para el “estado del bienestar”? ¿El Arte se pervierte acaso si es considerado, por algunos arribistas, como una industria? Si la cultura no puede construir una industria, porque nos produce malestar, quizá la estamos menospreciando, pero usted es la máxima autoridad, Señor Ministro, y si tiene ideas al respecto es porque desea el bien del conjunto de los ciudadanos y no persigue, como algunos charlatanes aducen, extirpar la esencia crítica de los diferentes agentes culturales. Pero es que la cultura es pureza, reclamar unas monedas como recompensa la contamina, la reduce a puro materialismo e intoxica la nobleza de su huella con el veneno del consumo ¡Ja, ja ja! ¿Nos queréis esclavos entonces? Haz reír, pero hazlo gratis. Haz pensar, pero sin cobrar un duro. Haz llorar, pero altruistamente. Crea entretenimiento, pero no pidas nada a cambio, sólo una palmada en la espalda, un frívolo agradecimiento, una quimérica promoción. No, señor Ministro, la cultura toma relevancia cuando los profesionales que en ella intervienen son reconocidos como se reconocen al resto de profesionales, sin distinción. En el ejercicio de apartar los bienes culturales del “mercado” tácitamente los arrinconamos y argumentamos actos de integridad para ocultar su deliberado empobrecimiento.

Cuando usted dice -Señor Ministro- que la cultura es la felicidad de las personas, me hace recordar al mundo feliz de Aldous Huxley donde la humanidad vive en narcótico bienestar; lo irónico es que dicha suerte es alcanzada a base de drogas que terminan por eliminar la diversidad cultural, el arte, el progreso científico y la actitud crítica entre otras cosas ¿Es ese su mundo ideal señor Ministro de Cultura…? ¿…un mundo feliz sin cultura?

La cultura tiene que ser inquietud, diversidad, reflexión, creatividad, reacción, colaboración, inconformismo, emoción, revolución y tantas cosas que no cabrían -jamás- en ningún escrito posible. Las “soma-pastillas-aniquila-díscolos” son una golosina que agradecerán encarecidamente los millones de adeptos que lo colocaron en el trono, Señor Ministro, pero no todos estamos dispuestos a dejarnos idiotizar por el opio. Los fanáticos, allá con sus neuronas. Señor Ministro, en mi mano hay una flauta y tocarla tiene un precio, si no me paga la haré sonar hasta limpiar Hamelin de las ratas que buscan rebajar la carne a carroña y de los taimados que sueñan con gobernar en el país de los necios.

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