Ensayo sobre el silencio, según Brecht

Antígona junta polvo. Con miedo, pero con más sentido de la justicia. El hueso es duro de roer: su tío, el rey, el sucesor de su padre, Creonte. Antígona junta polvo hasta agrietarse las manos, mientras Ismene intenta persuadirla con lágrimas, con ruegos, pero Antígona es firme, los principios están por encima de toda tentación. La súplica desesperada de una hermana es tentación. La certeza de la muerte, si se da un paso inéquivoco, es tentación. Ismene calla como callan los cómplices, como calla la mayoría atemorizada por el hacha del tirano. El silencio se hace cómplice del mal porque lo nutre. Quien calla otorga. Nadie alza una voz ni un pero ni una liviana discrepancia. Así vencen los sátrapas, arrancando lenguas, amansando la fiereza del que puede diferir. El silencio es estrepitosamente contagioso y huele como huelen los cementerios. Antígona junta polvo preparando la desobediencia. Cuando la prohibición clama al cielo, por injusta, es necesario desobedecer y Antígona lo sabe. Es más cómodo hacerse el sueco, mirar a otro lado, otorgar, pero es tan insoportable la humillación, es tan ensordecedor el abuso que a Antígona no le vale nada que no sea mirar frente a frente al opresor y desafiar su supremacía. Creonte, es el poder y teme perder el halo de hegemonía, necesita reforzar su imagen invulnerable a través de la mayoría que calla. Callo porque tengo miedo, como tengo miedo callo. El hacha se levanta y cerramos el pico, pero Antígona junta polvo. Antígona conoce la debilidad de Creonte y Creonte hace de Antígona la enemiga del pueblo. Divide y vencerás. Antígona ha visto de cerca a Creonte y sabe que es grande por fuera y pequeño por dentro como todos los que se creen imprescindibles, pero Antígona, aún temiendo mucho, nada teme y junta polvo para dar sepultura a Polinices, su hermano. No es una cuestión de sangre, sino de justicia, porque morar suspendido de una soga como pasto de los buitres es como yacer en una desconocida cuneta devorado por los gusanos del olvido. Uno pende como atronador ejemplo del vencedor, el otro yace, enmudecido, como se silencia una señal que denuncia el atropello. Gritos y susurros son dos suertes de la misma cosa: gritamos para dar miedo y, por miedo, bajamos la voz.

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