EL CONFIDENTE DE SAL

Amanece. Una mujer jadea arrodillada en la arena de una playa de Lesbos. Lágrimas y gotas de agua se entremezclan. La mujer, tras unos interminables minutos de lucha desesperada junto a su bebé, ha logrado alcanzar tierra firme. Está sola. El mar y ella solos despuntando el día. Del bebé sólo resta una prenda de color blanco que la madre se lleva al pecho instintivamente. Las olas rompen, con fingida calma, sobre las rocas, creando una trágica sinfonía de rumor y bruma.

MUJER- Me lo arrancaste.

CONFIDENTE- Lo lamento.

MUJER- Me lo arrebataste de los brazos, canalla.

CONFIDENTE- No debes acusarme de esta barbarie.

MUJER- Lanzaste tu brazo de agua y lo ahogaste.

CONFIDENTE- Pudo ser por accidente, pero no soy un asesino.

MUJER- ¡Miserable!

CONFIDENTE- No soy un asesino. El dolor te nubla. Yo sólo pasaba por aquí. Yo sólo quería abrazar a esa roca de allí y tú te atravesaste ¿Crees que no me duele? ¿Crees que no peno por cada una de las muertes que se bañan en mi dominio azul? Lloro. Lloro y no puedo hacer nada. No soy un criminal, sólo soy… otra víctima, como tú, como tantos.

MUJER- Estaba pegado a mi cuerpo, en mi seno. Lo tenía a salvo. Nadé. Nadé con un solo brazo mientras con el otro aferraba a mi pequeño. Nadé tanto que tenía todas las extremidades dormidas, entonces, mi lucero, con el terror en sus ojos, pronunció sus primeras y últimas palabras, me dijo: “Mamá sácame de aquí” “Mamá te quiero”. Estiró su bracito como un naufrago que pide ayuda antes de la última bocanada de aire y… Mi expresión se colmó de dolor ¡Infamia! ¡Quiero estrangular a la vergüenza como ella asfixió a mi hijo! ¡Quiero arrancarle el corazón a la maldad si es que tiene órganos!

CONFIDENTE- Mujer. Madre que diste tu vientre a la inocencia. Nada justifica la pérdida del amor. Nada puede dar crédito al ultraje a un pequeño ser que tenía toda una vida por delante. Me inunda la rabia. Estoy aquí para abrazar las rocas no para contar muertes. Estoy aquí para inundar de azul el horizonte no para teñir de sangre la arena de la playa. Estoy aquí para servir de espejo al halo plateado de la luna no para escupir cuerpos hinchados a tierra firme.

MUJER- ¿Qué puedo hacer entonces? ¿Me han asesinado a mi pequeño? ¿Qué puedo hacer? ¿Callar? ¿Penar en vida y arrodillarme a la injusticia?

CONFIDENTE- No os conozco demasiado. No conozco la perversidad humana ni conozco su virtud. No te puedo aconsejar. Sólo quiero que me entiendas y que aceptes mi amistad. No puedo odiar, no puedo besar, no puedo hacer muchas de las cosas que vosotros podéis hacer, pero ya no quiero la tragedia en mi nombre. No quiero que pronuncien mi nombre para anunciar muertos. No quiero que me utilicen como cabeza de turco, que me señalen con el dedo mientras los responsables se esconden tras sus billetes manchados de sangre.

MUJER- ¿Quién soy yo para dar un golpe certero? Una madre rota con el cuerpo de su niño, sin vida, en una orilla ¿Quién soy yo?

CONFIDENTE- Una madre destrozada, pero una mujer con toda su dignidad. Levanta la cabeza y haz que la muerte de tu niño no sea en vano. Déjame ayudarte.

MUJER- Yo no puedo pasar de aquella raya porque han levantado muros ¿Tú puedes?

CONFIDENTE- Yo puedo llegar a todos los lugares. A las plácidas playas de la Costa Azul. A la abrupta costa de la muerte. A los fiordos de Escandinavia. Allá dónde te imagines puedo llegar.

MUJER- Todos esos lugares están prohibidos para mí, porque resulto ser una persona de segunda. No puedo volver a casa, porque el fuego la quemó ni puedo avanzar hacia un futuro, porque han cercado los caminos con alambradas y si intento traspasarlas, aún desagarrándome la piel, me gasean. Si me quieres ayudar haz de mis ojos en esos lugares.

CONFIDENTE- Seré tus ojos para descubrir el engaño.

MUJER-¿Podrás ser mi boca?

CONFIDENTE- Seré tu boca para denunciar la desproporción.

MUJER- ¿Serás mi puño?

CONFIDENTE- No puedo ser tu puño.

MUJER- ¿Por qué?

CONFIDENTE- Eso es venganza.

MUJER- Es justicia.

CONFIDENTE- Ojo por ojo no es buena ley.

MUJER- Alguien que acribilla a inocentes, sin piedad, no merece piedad.

CONFIDENTE- No calmará tu odio.

MUJER- Pero evitará más muertes.

CONFIDENTE- ¿Con muertes?

MUJER- Muertes de criminales.

CONFIDENTE- Y de más inocentes.

MUJER- Inocentes inoculados con el veneno del mal. Inocentes de hoy, asesinos del mañana.

CONFIDENTE- Lo que me pides es irreversible.

MUJER- ¡Quiero tu puño! No abraces las rocas, golpéalas con toda tu fuerza. No mezas a los barcos, húndelos hasta las zonas abisales. No adornes las mañanas de los que nos barren el paso y nos oprimen y nos consideran poco menos que perros sarnosos. Adéntrate en sus calles, en sus casas, en sus iglesias y parlamentos. Sumérgelos en tus entrañas. Acaba con sus planes de futuro que incluyen nuestra extinción.

CONFIDENTE- No todos piensan igual. Incluso hay quienes os apoyan.

MUJER- Callan sus conciencias.

CONFIDENTE- Eres muy severa.

MUJER- Sé lo que es llorar por otros vecinos desde la calidez de casa. Ahora, giradas las tornas, lloran por mi desde asientos comprados con la miseria de nuestros hijos.

CONFIDENTE- Una rueda de la que es difícil salir.

MUJER- Entonces no merecemos el aire que respiramos.

CONFIDENTE- ¿Estás segura de lo que quieres?

MUJER- Una llaga en el pecho me dicta el camino.

CONFIDENTE- ¿Sabes lo que eso significa?

MUJER- El final de una estirpe de asesinos.

CONFIDENTE- No quiero causar más dolor, pero no sé como negarme al dolor de una madre. Con un mal más grande se cura otro mal, pero la herida que resta es aún más punzante. Quiero ser paloma y debo ser dinamita. Seré furia ahora y, después, suave caricia salada entre las ruinas.

La mujer cae de rodillas al suelo y se cubre la cara. Grita. Grita, grita, grita. Su confidente de sal se aleja mientras el sonido del agua en las rocas aumenta por momentos. Comienza una leve tormenta que en pocos segundos se torna en tempestad. Truenos. Gritos. Sirenas. Destellos. Dolor. Golpes. Llantos. Si supiéramos con certeza lo que es el apocalipsis seguro que se parecería a esto.

Oscuro final.

*Texto inspirado en la escalofriante imagen de Samuel Aranda, que mereció el premio Foto Nikon 2015, que muestra a una joven Siria, con su hijo, tras un naufragio en las costas de Lesbos.

 

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