RIGOR

Hasta el moño de confundir tocino con velocidad ¿Si en mi invención quiero colocar a William Wallace con falda escocesa quién puede impedírmelo? ¿Quizá sea el miedo a que se me considere ignorante? Mi conocimiento se abruma ante tal cantidad de datos históricos, por otro lado manipulados por los intereses del Status Quo. Ignoro muchas de las verdades relativas que otros conocen, aunque no quiero padecer de sumisa complacencia. No persigo regodearme en la invidente estupidez ni considero que, por mucho que la frustración quiera conducirme a lo contrario, se pueda parecer sabio y atractivo sin serlo en realidad. Dejo ese pomposo terreno para los que chapotean en barro pensando que nadan en agua cristalina. La cuestión es que el rigor histórico y el derroche imaginativo no van de la mano casi nunca y, si lo hicieran, sería más un fruto del azar que de la inapelable confluencia. La imaginación nos hace levantar la mirada cuando el listo de turno señala a un burro volando, porque el poder creativo impulsa la búsqueda de aventuras en lo imposible. Elevamos los ojos al cielo para ver volar al burro y, si no se dibuja a simple vista, lo descubrimos entre la nebulosa de los cirros a la par que el marisabiondo, que nunca se confunde ni conoce arrepentimiento, se mofa de nuestra ingenuidad. En el terreno de la fantasía los burros planean y los fantasmas anuncian asesinatos en Elsinor. En el terreno de la imaginación los perros son verdes y la institutriz en The innocents puede dar vida a unas estatuas de piedra en el jardín. Dos más dos es igual a cinco para Tennesse Williams cuando el resto de mortales, por rigor o para que no te sisen en el cambio, creemos que es cuatro. Desaprendemos a medida que crecemos. Una piedra es un platillo volante cuando nuestra lengua todavía es de trapo y a medida que vamos charlando con presumida elocuencia de individuos maduros las piedras se convierten en unos, como inoportuno truco de magia, minerales de manifiesta dureza muy molestos en los zapatos. Cada talla del pantalón es una señal más que anuncia el cataclismo de la máscara de la ilustración adulta. Así que déjenme pecar de ingenuo y no me roben la libertad de creer en lo inalcanzable. Déjenme escribir historias imposibles con la verosimilitud que dicta doña Quimera. Déjenme inventar sin rigor histórico que eso no es labor para arquitectos de la ilusión. Déjenme colocar un monolito en la luna, abrillantar un unicornio de vidrio, beber el vino del estío, colocar un libro en las manos de Bruto, ofrecerle una lavativa a Argan, pasear de rojo a una niña en el blanco y negro del gueto, decirle a Liu que no llore por el amor de Calaf… El rigor es el grillete con el que la corrección nos controla ¡A la mierda el rigor! ¡El rigor no existe, es el lobo feroz! El rigor se erige en la verdad absoluta y no es más que una de tantas verdades según el ángulo por donde se mire. Dime cuan riguroso eres y te diré cuántas patas tienes atrapadas en el régimen.

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