Lo que daría

Lo que daría por ver, como el que mira por primera vez, al pequeño hombre zamparse el zapato, con clavos y todo. Lo que daría por sentir la puerta abrirse al desierto del Monumet Valley con Ethan cabalgando de fondo, como si nunca lo hubiera visto antes. Lo que daría por escuchar, como se escucha la vez que descubres algo extraordinario, la armónica de Gary Cooper en un vagón de tren de mercancías, viajando a ninguna parte. Lo que daría por ver a mis ancestros peludos arrimarse a un extraño monolito de proporciones precisas. Lo que daría por empaparme del miedo infantil, otra vez, al descender el río en barca, entre sapos y telarañas, con el aliento de Robert Mitchum en el cogote. Lo que daría por ver a Jimmy con la pierna escayolada fisgoneando por la ventana, por verlo y que nunca antes lo hubiera visto, con escayola y sin escayola. Lo que daría por sufrir los golpes, en mi cara, de Wayne y McLaglen, en Inisfree, aliviado con una pinta de fría cerveza negra en mi mano. Lo que daría por agarrar la empuñadura de la espada de Mifune y rescatar, junto a él, la justicia de los indefensos. Lo que daría por emocionarme, de nuevo, con el beso que nunca se dieron Charles Bronson y Claudia Cardinale, una vez en el oeste. Cada vez que se acerca el momento uno espera ingenuamente que los labios de Armónica y Jill confluyan irremisiblemente. Lo que daría por nacer de nuevo y vivir la incomparable experiencia de dejarme absorver por kilómetros de celuloide. Lo que daría por ver a Michel Kaine vestido de payaso, a Humphrey Bogart borracho de amor, a Ray Milland sin dejar huella, A Gulietta Massina tocando el tambor, A Pacino entre montañas blancas, como lo ví en el cine Capitol en sesión doble.

Lo que daría por transportarme al Sábado cine, a la Primera sesión, a la Sesión de tarde, a la Sesión de noche, a La clave del viernes, a los domingos de sofá en la televisión de dos canales, UHF, VHF, uno y dos rombos. Sentir el pánico, con la muerte jugando al ajedrez, a veinticuatro fotogramas por segundo. Devanarme el cerebro con el camión de basura número treinta y tres perturbando la mirada de Nuddles.

Siento envidia de los miles de millones de personas que todavía no han visto luz y el tiempo no les ha regalado la facultad de llorar ante el último aliento de Calvero con el resplandor de las candilejas de fondo. Siento tremendos celos de los que aún no han tenido la ocasión de ver a Jack Lemmon escurrir espaguetis con una raqueta. Padecer por el infortunio de Antonio Ricci, sin bicicleta, en la postguerra romana. Adentrarse en el festival de luz y fotografía, a ritmo de la Sarabanda de Handel, con el adúltero marido de Lady Lyndon. Asombrase, hasta los tuétanos, al descubrir el misterio de Rosebud. Agacharse con Cary Grant antes que morir decapitado por una misteriosa avioneta. No querer subir las escaleras por temor a ser acuchillados por “la madre” de Norman Bates. Tener el mundo en mis manos como Gregory Peck o querer vengarme de la humanidad como Spencer Tracy en Furia. Romper vidrios junto a Jackie Coogan o echar el lazo a la luna para entregársela a Donna Reed.

No es posible retornar a la vida intrauterina y empezar con nuevas neuronas libres de imágenes. No se puede formatear la memoria sin perder el lazo con los que amas. No se puede beber una pócima y sufrir una amnesia de nueve horas para volver a ver las tres partes del padrino sin spoiler ¿Podría sumergirme en Leteo sin perder la memoria por completo? ¿Un nocivo golpe en el occipital podría bloquear el recuerdo donde duerme el séptimo arte? Sólo aquella parte que encierra cada imagen, cada diálogo, cada nota musical, cada fábula eternizada en tiras de nitrocelulosa y alcanfor ¿No es posible olvidar parcialmente sin perder toda la capacidad de evocar? Haré la vista gorda y lloraré sobre llorado cuando el rostro quebrado de Ingrid Bergman se cubra de lágrimas de desdicha en el Café de Rick.

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