Que no caiga el telón

Que no pare el espectáculo. Como en los últimos segundos de Calvero, incrustado en un bombo. Como el tiempo muerto en que Paulino regula cuescos, exhibiendo una rara habilidad de esfínter ante la tragedia. Que no pare el teatro por nada del mundo que no hay nada por lo que merezca que el telón caiga; aunque diluvien bombas, aunque la parca amenace, aunque lo diga Dios del cielo o Pedrito del infierno. Que no cesen las muecas de Yorick a tres metros bajo tierra y a un centímetro del polvo. Que no dejen de enfundarse túnicas amarillas en el último acto y en la primera escena del cuadro segundo del acto tercero se resquebrajen mil espejos. Que se llenen de mierda los felpudos de todas las salas de teatro del google maps. Que no haya charlatanes que intenten desprestigiar las cuatro letras del show ni borrar las nueve letras y la tilde de la farándula. Que no haya salvapatrias que lo declaren desleal ni desleales que hagan de su dominio algo episódico; que no hay morada más necesaria que la de la señora comedia y el señor drama. Que las gestas de proscenio no perezcan, que no se vayan a barrio ninguno, que no se dejen asfixiar por lo conveniente o lo prudente o lo obediente. Que no haya voz ni voto para inhabilitar al poderoso impacto de la fantasía. Que no haya autorización para discutir que pudiera haber algo más esencial que la mentira pactada de los cómicos, la mentira catártica, la mentira con más verdad de todas las mentiras y verdades que existen. Ni el hambre es más esencial cuando no hay alma mejor nutrida que la de quien se deja seducir por los vástagos de Tespis. Ni la justicia es más sustancial cuando no hay mejor manera de templar la balanza que a escena descubierta: en las tablas los pérfidos esconden su nobleza y los nobles su maldad. Que no pare la imaginación para inmunizarnos contra el luctuoso gris del desaliento impuesto por la guerra, por el miedo, por los fanatismos, por la ignorancia. Nada debe, nada puede, clausurar la fuente de la creatividad dramática puesto que eso sería el principio del fin: empezaríamos a morir, acabaríamos de vivir. Ya lo intentan unos y otros con siniestras razones. Ya se traman atentados contra el imperio de la ficción. Ya se conoce la urdimbre para mangarle la magia al teatro. Ya se adivina el pulverizador que reparte la modorra en estudiadas microgotas a presión. Callados, inactivos, dormidos, estúpidos, arrodillados, ciegos, humillados, deshumanizados. Que no pare el teatro por la dignidad humana, que si un día se detiene, ese día habremos muerto.

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