Hilos

Hilos por todas partes. Por la mañana, centenares de haces filiformes de algodón atravesaban desordenados por el hueco de mi habitación. Hilos por aquí y por allá que desdibujaban la imagen de fondo de una ventana repleta de luz matutina. Amanecí con un don especial: la capacidad de ver hilos que arrancando de ocultos poderes se agarraban a las cosas. La puerta tenía hilos, el pavimento tenía decenas de hilos, los marcos de los cuadros, la silla y las prendas que reposaban en la silla, la mesita donde descansaba un libro de Aldous Huxley tenía hilos en cuyo extremo opuesto apuntaba una suerte de vacío sospechoso. Me froté los ojos y, tras superar la ceguera momentánea, los hilos siguieron apoderándose del habitáculo. No era sueño ni espejismo ni alucinación, había hilos que conquistaban lo habido y por haber. Salí a la calle y advertí el silencio del mundo ante la invasión de las alargadas fibras. Estaban las bocas cerradas y la razón clausurada. Omisión por miedo o por estupidez o por falta de esta virtud mía que había nacido una mañana de sutiles rayas de nailon.

El perro que ladraba en el parque tenía hilos que parecían mover su mandíbula. La mujer que creía arrastrar el carro de la compra tenía hilos que tiraban de ella y, paradójicamente, dirigían el carro. El coche que se detenía en el semáforo no era más que una madeja teledirigida. Nada se escapaba a los hilos; los hilos que movían el barrio, la ciudad, el país o quizá el Universo mismo. Si mis ojos eran testigos de esa nueva realidad, antes transparente, si mis ojos eran capaces de reconocer la plaga, la conspiración de algo desconocido sobre nuestra raza de incautos, no era fruto del azar o de la indulgencia del destino. Si veía decenas de miles de hilos era porque una señal de innegable justicia me impulsaba a tomar partido. Me había transformado, antes uno del montón, en un mesías cuya venda había caído al empedrado. El todo que mi vista abarcaba podía ser el paradigma de la sumisión si optaba por simular sordera ante el influjo de una autoridad escondida más allá de las nubes, pues hacia allí y desde allí se proyectaban los tensos hilos del misterio ¿Por eso, durante décadas, se imponía el gris del cielo arraigando una capa opaca entre la tierra y el firmamento? ¿Por eso llegó a nuestro mundo la eterna nubosidad, la atmósfera cenicienta, las encapotadas mañanas interminables? Como el que tiende una gasa que separa la luz de la noche. Como el que disimula, con oscuro vapor de agua, lo perverso de lo dócil.

Vi a mis vecinos, a mis congéneres, que tanto se vanagloriaban de ser librepensadores, a mis amigos y a mis enemigos, todos encerrados en verdades absolutas y en la aparente imparcialidad de lo legítimo. Los vi enganchados por la espalda, ocultamente mangoneados, por… a saber quién o qué. Me había instalado, meses ha, en la contemplación de los hechos, como el que ve un tsunami devastador y permanece paralizado ante la lejana cercanía del desastre. Me había mimetizado entre los silenciosos por miedo al dedo acusador. Era el momento, para algunos, de darle la vuelta a la tortilla; aunque, bajo mi sospecha, los dos lados de la tortilla estaban igualmente quemados. Era época de cambios y el beneficio de la duda me hacía creer que todo podría estar cambiando para que nada cambiara. Era época de represión y de reacción a la represión, pero yo sólo conocía los circuitos de la perplejidad. Esas razones, fundamentadas en la incredulidad, me hicieron preso de lo relativo hasta el punto de la inacción o mejor: hasta el punto de considerar, por un momento, que la repentina virtud de ver hilos por doquier podía tratarse de una traición del subconsciente que había convertido lo ficticio en evidencia. No podía ser así. Aquello no parecía irreal. Miré hacia arriba, hacia las nubes y creí ver, vi, dedos, apéndices difuminados por la nebulosa. Creí descubrir, descubrí, de dónde y por quién procedía la conjura. Apunté con la mirada hacia lo alto para saber más de lo que ya sabía y vi

—¡Desgraciados!

Miré desafiante hacia la bóveda celeste donde ciertas manos anilladas en oro desafiaban la voluntad humana.

— Os he descubierto, no lo lograréis, desgraciados ¿Es que no os dais cuenta de los hilos? ¡Reaccionad! Estamos a tiempo si vemos con claridad. No somos nosotros el enemigo a batir. El rival está en lo alto, oculto tras el humo. Mientras nos señalamos ellos hacen y deshacen. Mientras nos odiamos, nos envidiamos, nos traicionamos, ellos manipulan nuestros designios. Arriba, hay que mirar arriba para ampliar el campo de visión. Hacia abajo sólo hay asfalto.

Fue entonces cuando los peores presagios aplacaron mi firme decisión de destapar la malévola trama.

— ¿Y si…? ¿Si… por un momento… yo… también…?

Corrí. Corrí calle abajo sorteando hilos. Corrí tanto como mis piernas me permitieron. Mi rostro se cubría de hilos y más hilos que fui apartando enérgicamente para no perder de vista el camino. Hilos que se enredaban en el cuello como queriéndome estrangular. Hilos que se acoplaban como imanes a la piel diseñando un pesado epitelio de tela. Hilos que se oponían, se cruzaban, se atravesaban, se enfrentaban para detener mis vertiginosos pasos hacia la revelación final. Tenía que buscar, antes de ahogarme en un gigantesco ovillo de guata,  alguna cosa que me diera la información definitiva de lo que estaba encogiendo mi corazón. Tenía que encontrar, en algún sitio, algo donde reflejarme… Debía localizar un espejo. Llegué al portal de mi casa y subí las escaleras de tres en tres. Abrí el portón con temblorosas manos que apenas me permitieron introducir la llave en la cerradura. Dí una patada a la puerta del lavabo y me miré en un espejo salpicado con huellas secas de pequeñas gotas de agua. Allí estaba mi reflejo ratificando las sospechas. De mis manos, de mis codos, de mis hombros, de mi espalda, de mis rodillas, de mis tobillos partían aterradores hilos de colores que se proyectaban hacia el cielo atravesando el techo del lavabo.

— ¿También… yo… soy… una marioneta?

Nada obedecía al libre albedrío. Todo estaba supeditado a un poder superior, incluso la virtud de ver más allá, o el impulso de rebelión, acataban el capricho de algún titiritero que jugaba a dominar el mundo. Cómo proceder, dónde ir si hiciera lo que hiciera mi libertad estaba presa a una voluntad suprema.

— Pero… a lo mejor…

Me puse a especular como el que descubre una careta a la conspiración.

— Quizá… esos que tanto ríen manejando nuestros movimientos sean los títeres de otros más altos aún.

Quizá, en un juego de muñecas rusas interminables donde nosotros somos la muñeca pequeña, hubiera otro más arriba capaz de controlar la voluntad del que controla la voluntad de otro. Quizá no exista la libertad y sólo exista el deseo de conquistarla. Quizá sólo podamos definir lo libres que podríamos ser en la medida en que reconocemos los hilos que nos someten. Quizá eso o quizá nada. Quizá sea bueno arrancarse los ojos para cohabitar con los hilos o quizá haya que trepar por ellos hasta desmembrar las manos que los mueven.

Entre pensamientos de pasividad y subversión observé las palmas de mis manos de las que partían hilos hacia el suelo. Largas líneas filiformes de algodón que se dirigían hacia el profundo subsuelo cruzando la corteza y los mantos de la tierra. Haces de nailon que partiendo furtivamente de mis extremidades se proyectaban hacia el centro de la tierra para aferrarse a cosas.

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