Las redes de la nada

Todavía estamos a tiempo. El mal avanza como la lava de un volcán lenta y devastadora, pero queda arena en el reloj para darle la vuelta a la suerte. Estamos transfigurando. Estamos metamorfoseando de mariposa a oruga. Estamos dejando atrás la imperfecta esencia humana y vamos canjeándola por una perfecta virtualidad vacía de todo sello terrenal. Las redes nos aprisionan como a peces y nos esclavizan destapando un impulso irrefrenable de vivir desde, con y para nuestro narcisismo. No somos nadie si no arrancamos centenares de emoticonos, de decenas de amigos desconocidos, con una trascendental selfie merendándonos un Frankfurt. Nada somos si la red no sabe que estamos de opíparo viaje, al loro enemigos de lo ajeno, por a la Rivera Maya y si no publicamos, en no sé qué demonios de internet, nuestra panza flotando en un cenote. Inventamos una vida virtual modélica para ocultar nuestra real miseria. Recreamos, a base de frases ingeniosas colgadas en el momento oportuno, a fuerza de grabar nuestro rostro escupiendo verdades absolutas impregnadas de saliva falaz, a golpe de tuit viperino, al individuo perfecto, envidiado y deseado por todos a partes iguales. A ese que se muestra en la pantalla y se esconde tras las teclas se lo digo. A ese que se maquilla la cara para grabarse en primer plano con zapatillas de estar por casa y pijama de franela. A ese que dice tener muchos amigos y que, cada vez que publica en la red sus intimidades, se aleja más del mundo. A ese que sólo se enternece acariciando pantallas táctiles. Todavía estamos a tiempo de desterrar el celular, de darle una patada a la tableta, de arrancarle las teclas al ordenador, cuanto menos, de no dejarse atontar por toda esa tecnología mal usada, como mínimo de no colgarse por tanto aparato electrónico insustancial y adictivo. El mal avanza y nos va dejando poco margen de reacción. Hay una manera mejor de impregnarse de vida respirando el aire de la mañana sin fotones que lo contaminen. Hay una manera mejor de aprender, escuchando como vibra una voz humana a pleno pulmón, relatando cosas sencillas, sin filtrarse por el mecánico efecto del altavoz. Somos idiotas si cambiamos un abrazo por un like, si cambiamos una disculpa, cara a cara, que alimente la razón por un gesto de orgullo en un muro irreal que es pasto del morbo, si cambiamos la franqueza de la humedad de otra piel por la mezquina soledad de Instagram. Hay que salir a la calle, hay que acudir al teatro, hay que ir a las bibliotecas y pasear por el campo. Hay que tocar, besar y abrazar. Hay que mirar a los ojos. Hay que estrechar la mano, reconciliarse y disculparse. La vida virtual, la pseudoexistencia, se está apoderando de la vida, como ya vaticinara Don Siegel con aquellas terroríficas vainas, y si no ponemos freno a la estupidez millones de personas, solas, a tres palmos unas de otras, querrán buscarse entre sí, insensatas, en las redes de la nada.

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