Acordes para una dama

Entonces, en aquel remoto otoño de aquella desvencijada plazuela, un misterioso juglar, le dedicaba una hermosa canción, una por día, siete por semana y treinta por mes, a la callada dama de piel cetrina. Lloviera o granizara, cosa habitual en un octubre de los más crudos que se conocieran, él estaba allí con su vieja guitarra perfectamente afinada, su raído gabán cubierto de polvo blanco de desierto, melena revuelta y largas barbas a lo erudito. La llevaba al rubor, con luna o con sol, puesto que sus visitas, en aquella glorieta donde ella lo esperaba, podían ser intempestivas y por sorpresa. Nadie, nunca, le había prestado tanta atención a la joven a pesar de su lozana desnudez, a pesar de su pecho redondo y su cadera sinuosa expuestos a la mirada esquiva de los estresados viandantes. Era como si no estuviera, era un cero a la izquierda, era una suerte de mujer invisible a los ojos mundanos, pero diáfana para las lunáticas pupilas del bardo. Se habían enamorado. El poeta sólo tenía inclinación por ella, respiraba para ella y los dedos de su guitarra, encendidos por la pasión, se deslizaban sobre las cuerdas hilando melodías apasionadas que ella y únicamente ella inspiraban. Fue entonces, cuando vieron al trovador abrazarla, cuando advirtieron ese beso ardiente humedeciendo el rostro de la chica, que las envidias despertaron el anhelo de los que deseaban ser idolatrados con el mismo fervor con el que ella era idolatrada. No había sido su erótico cuerpo abierto al dictamen de la moralizante norma, su esbelta voluptuosidad, sus curvas infinitas, había sido el amor del artista, las poesías románticas, la sedosa trama de la telaraña de Eros, lo que destapó las alarmas de los imperturbables caminantes

— ¿Has visto?

— Mira cómo la abraza.

— ¡Pobre hombre, me da pena!

— Necesita ayuda.

No necesita ayuda el que ama. No necesita compasión el que ofrece su talento con odas y acordes, con armonía y versos, a merced del frenesí. Son los censores los que necesitan ayuda, los que reprimen sus emociones, los que deshacen lo que otros hacen, los que miran sin mirar practicando la indiferencia, los que etiquetan, esos son los que están perdidos.

—Te amo. Aunque hayas sido pasto del polvo, blanco de las pisadas, fruto del desdén. Te amo como nunca amé a nadie. Aunque te sientas arrinconada yo te brindaré un espacio en el centro del universo. Aunque nadie admire tu hermosura me bastaré yo solo para proyectar la fascinación que merece tu delicado gesto. Aunque calles, aunque te hayan cayado, aunque me callen, aunque callen mientras señalan… te amaré.

Ella recuperó el esplendor de sus comienzos. El bronce de la piel brillaba como cuando la forjaron. La comisura de los labios se arqueó mágicamente hacia el cielo emulando las máscaras de la comedia. El estático pelo parecía ondear al viento. Había embellecido para él, pero él, el último día de otoño, cuando caía la última hoja, dejó de venir o no le dejaron venir. Los soñadores desentonan en la tierra donde los sueños son temerarios. Los soñadores no están hechos para un mundo insomne donde lo prosaico es virtud y la imaginación defecto. Soñar despierto es locura dicen los cuerdos, mientras, locos, se ocultan tras la represión de los sueños. Se fue ajando. Su metálica envoltura oscureció hasta la opacidad. Su mirada, ya sin esperar a su amado, se perdió en el vacío. Volvió a caer en los confines de la indiferencia, en el abismo de la nada, en la muerte en vida.

— ¡Mamá, está llorando!

— ¿Quién?

— Esa mujer.

— Hijo, es una estatua. Las estatuas no pueden llorar.

En primavera llegó una grúa para retirar a la dama de bronce. Estaba fea y se había convertido en el retrete de las palomas. No había bardo para hacerla relucir, no había cálidos abrazos sobre su frío cuerpo de hierro. Fue rápido. Se desmontó en media mañana para ser llevada a la fragua mientras lloviznaba en la plaza. Quizá las gotas del cielo obraron el milagro.

—¡Mamá, la dama está llorando!

 

  • Segundo premio en el I Certamen Literario Carmen Ávalos- Ammame.
  • La foto es una imagen de Carmen Ávalos y este cuento es en su memoria.

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