Mamadou

¡Qué brazos, Mamadou! Hoy, Macron, ha tenido el honor de estar contigo, a tu lado. Podías haber caído, en cualquier punto, durante el largo viaje, en los desiertos de Libia o en la aguas del Mediterráneo, pero no fue así. Podías haber estado atrapado en la redes de cualquier centro de acogida parisino como están los desahuciados, pero no. Pasabas por allí, por las inmediaciones del distrito dieciocho, del norte de la ciudad de la luz. Tú no eres  un ‘irregular’ ni un ‘ilegal’, esos son términos que utilizamos los que tememos invasiones bárbaras. No se necesita abrazar más fuerte una bandera para trepar hasta un cuarto piso sin red, para dejar a tu familia de Mali, sin red, para hacer una travesía hasta Europa, sin red. No se necesita llorar un himno para saber que no hay más patria que las personas. Por las personas, blancos o negros, cristianos o musulmanes, ricos o pobres. Por los semejantes,  próximos y distantes, Mamadou, estás dispuesto a dejarte la vida, porque uno trata a los demás como desea ser tratado, porque el que rozó la muerte sabe el preciado bien de respirar un día más, porque, las chapas, pueden ser fugaces símbolos capaces de medir el grado de fanatismo y, las chapas, en desmesurada ostentación, anulan la voz libre del individuo, del que intenta hablar y le cosen la boca y del que no deja de hablar como un descosido egoísta. Ahora, Mamadou, tienes una medalla y un diploma que Macron te otorgó. Tú, Ahora, Mamadou, tienes papeles y un trabajo digno de tu valía. Papeles por gestos. Medallas por méritos. Tú, recibes la aprobación cuando deberías aprobarnos. Tú, cosechas crédito de los desacreditados que te llamaron ilegal, Mamadou. Pero, la vida es así de irónica y desproporcionada. La vida, parece estar comandada por la incertidumbre del miedo y no por los dioses a los que nos replegamos.

Adoro tus piernas y la claridad de tus ideas. Puedo verte trepar horas seguidas y seguir emocionándome hasta la descomposición de mis órganos. Unos juegan mezquinamente a recortar presupuestos que aniquilan la infancia y tú, como un auténtico hombre araña, la rescatas con tus poderosos brazos. Unos juegan a comprar y vender tanques que despedazarán niños y tú te juegas el tipo para dar camino a un pequeño que, sin ti, ya no tendría camino ¡Cuánto talento desperdiciamos con nuestro recelo! ¡Cuánta fortuna tirada por la borda de la ‘pureza’! Las personas no son lastre, lastre es nuestro despreciable prejuicio ¿Verdad, Mamadou?

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