Cimientos

Tengo marcas, títulos, premios, licenciaturas. Tengo aplausos. Tengo reconocimiento y, aunque tengo mucho de lo contrario, mis bolsillos llenan más flores que piedras. Tengo conquistas inconquistables y decenas de sueños cumplidos, centenas por cumplir y miles por soñar. He recibido el afecto del público a escasos metros de casa y a miles de kilómetros, en el remoto altiplano por poner un ejemplo, inflamado del olor a césped del Besós por decir algún que otro sitio. He sido endulzado por el triunfo cada dos fracasos y cada par de logros he aprendido a relativizar las rachas. Tengo diplomas, trofeos, elogios, andadura. Tengo un amplio historial. Tantas proezas como para sentir sólido el paso, tan escasas gestas como para seguir haciendo camino. Tengo cartas, mensajes, imágenes que ratifican el esfuerzo. El cariño del público anónimo. La crítica de los que consideran tu actitud. La fortuna de no construir sólo con palabras solas. El abrigo de los que necesitan tu calor. La miel del Olimpo. La hiel del tropiezo. La templanza de la madurez y la furia del balbuceo de juventud. Tengo méritos, escasos o abundantes según el cristal con que se mire. Tengo medallas forjadas con el sudor, llamadas furtivas de admiradores, puñales en la espalda, galardones en el pecho, arrugas en las manos y litros de sangre empapando mis órganos. Me doctoré en lo mío, cuando supe lo mucho que faltaba por aprender, lo mucho que me restaba por vivir. Los estantes de mi morada caen de peso por tanta credencial y los cajones están repletos de salvoconductos. Tengo kilos de laurel, litros de gloria y metros de victoria. No se es vanidoso cuando la justicia te cimienta. Más arrogante es el modesto que con rostro humilde oculta su insolencia. No hay jactancia cuando hay prueba. Tengo distinciones que no son nada porque pierden su fulgor cuando se pronuncian. Tengo una notoriedad sorda, una suerte de fama sin lengua. Tengo un disco duro rebosante de condecoraciones, pero de entre todas hay una que destaca, una por la que vale la pena tirar por la borda el resto, una por la que se podría llevar a la hoguera lo demás haciendo de las hazañas ceniza: la ireemplazable caricia de mis queridos alumnos. La aprobación de mis alumnos. Gracias por vuestro reconocimiento. Gracias por hacer que la roja manzana vaya y venga. Gracias por ser mi mayor mérito. Gracias por darme aire… y vida.

  • A todos mis alumnos y en especial al grupo de Tennessee de los sábados (2018) por sus emotivas palabras hacia mi persona, el primer domingo de julio de 2018 a medianoche.

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