Palancas

No apuntes,

tus uñas miran a tus ojos.

No señales

a quien padece de tu infortunio.

No creas

que quien tiene tus misma heridas

es quien te las provoca.

Para lanzar el dardo

hay que conocer la diana

y no es diana quién sangra

del mismo color que tu sangre.

Te llamaré idiota

si acusas a mis manos,

mis estranguladas manos,

de hacer el nudo de la soga.

Te llamaré idiota

si argumentas,

tercamente,

que un fusilado

pueda apretar el gatillo

de tu desventura.

En tu sombra está el secreto.

En tu cabeza

sobrevuela el buitre

que aguarda la carroña de la necedad.

A tu lado

está quien teje tu ceguera

con cuero de anteojeras.

Nuestras manos

no desplegaron uñas

para arañar la piel de un hermano.

Sus extremos

no son un diseño de la delación.

Nuestras manos,

juntas,

dedos con dedos,

entrecruzados,

son abanicos para disipar el humo.

Dedos con dedos

son martillos para tumbar muros.

Puedes señalar,

con ellas,

o meter sus yemas en la llaga.

Dedos con dedos,

entrecruzados,

cosiendo carne con carne,

enredando músculos, huesos y pieles,

son palancas para agitar a la bestia.

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