Anónimo

Soy anónimo y quiero ser anónimo. No ignorado o vulgar sino discreto, sencillo y alejado de la frágil pompa, de la oscuridad del adulador y del ruido de la opulencia disfrazada de fama. Soy anónimo y quiero ser anónimo; porque, creo en la luminosidad del silencio, en la elocuencia, sin verbo, del silencio, en la caricia subconsciente del silencio. Detesto el brillo de la celebridad en una habitación umbría. Creo en el éxito del anonimato y no en un desacreditado éxito. No persigo el convencional aplauso sino el infinito silencio, el impagable silencio colmado de emociones, que me entrelaza al público. Soy anónimo; pero, no un estúpido sumiso. Soy anónimo y defiendo el poder del anonimato ante la forzada notoriedad. Defiendo la indomable humildad ante la aureola del cabecilla que hace esclavos a sus seguidores y se alimenta de ellos, de su humillación y de su jabón. No es que no me guste que me reconozcan o que no valoren lo que construyo, soy humano y mis tentaciones tengo, es que no quiero escuchar lo que quiero oír, es que no deseo que se pervierta la correspondencia del espectador hacia la comunicación que les ofrezco.

Son más de veinte años de profesión y a estas conclusiones llego. Es lo que enseño a mis alumnos. Es lo que quiero ver en sus actos dentro y fuera del escenario. Mi corazón se acelera de felicidad cuando vislumbro gestos en mis alumnos y, entonces, rememoro el amor hacia mis maestros. Sé que es difícil; porque, el destello del éxito deslumbra con pasmosa facilidad. Es inmensamente complicado; porque, la pervertida televisión, el culto al triunfo rápido, la fanática admiración al que trepa con los codos, la masoquista devoción al líder que nos apoca y no nos deja ser nosotros mismos, nos nubla el horizonte del virtuoso silencio.

Al acabar la función, cuando el ruido del aplauso cese, cuando el fulgor de los focos se apague, cuando se extinga la efímera felicidad del acto creativo, llegaré a casa. Dejaré que broten las lágrimas de la dicha y disfrutaré de la gloria del anonimato.

  • Artículo publicado hace unos años en el ‘Diari de Santa Coloma’. Por supuesto sabréis que este artículo lo escribió Germán, pero… ¿Quién es Germán, sino un desconocido? Algunos, muy pocos, sabrán qué Germán, de cuántos Germanes hay allende los mares, es el que suscribe estas letras, pero para la mayoría soy, y seré, un anónimo… y a mucha honra. En todo caso la opinión, como es la de esta carta, debe estar firmada, puesto que tiene que ir a cara descubierta. Lo que me satisface es mantener en el anonimato mis actos artísticos, aún publicándose mis reflexiones sobre la profesión.

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