Pólvora Chejoviana para el vaquero Abascal

Mi arma es el teatro, señor Abascal. Don Shakespeare es mi arma. Disparo con Tennessee Williams balas de Nueva Orleans. Ataco con el fuego del ruso de Taganrog, que dijo que un revólver en escena debía ser accionado antes del cuarto acto, no por amor a los proyectiles, si no para que esa imagen de pólvora astillase nuestra conciencia. Los únicos gatillos que me gustan dicen un ‘miau’ muy suave por su temprana edad. Los únicos tambores que profeso tocan en verbenas que anuncian paz y ahogan, con su resonancia, cualquier artilugio hecho para el rencor. El plomo que me motiva, señor Abascal, es el de un amigo relatándome el final de Senderos de gloria. Invoco a la lluvia de abril que oxide el hierro mientras otros, empequeñecidos por la idiotez, lo forjan para el crimen. Para mi legítima defensa quiero escuelas, teatros, auditorios y bibliotecas, así evitaré ser fusilado por hombres como usted, Earp Abascal, amantes del calor de la culata. Si mi aliento se gasta en honrar el espíritu Brechtiano, contra cualquier arma que sirva de pretexto para someter el libre pensamiento, habré dado un golpe con el que esquivar rifles y provocar abrazos. Entonces… ¿para qué disponer de un temible Colt 45? Si mi mandíbula se desencaja con las ocurrencias del narigudo Capitano, militar que cobija su poquedad en el reflejo de la espada, habré apartado la munición con la fuerza de las risas ¿Para qué emular a John Wayne en Centauros del desierto? Llamas buenista al antibelicista, dislexia de vaquero, Clint Abascal. Llamas pobre iluso, adjetivo fácil de mentes desconfiadas, al que cree en la fraternidad universal. El que opta por la paz es un ‘progre’ cándido de izquierda feng Shui, con etiquetas todo se enturbia, pero si hablamos de los huesos mal enterrados de Lorca estamos evocando la herida hispánica que destapa el hacha de guerra ¿Quienes son los ‘buenistas’, entonces? ¿Quienes tapan la vergüenza con la excusa de la paz, entonces?

Mis balas son las palabras de Federico que se juntan para rimar emociones, que se unen para despertar la verdadera esencia humana cimentada en la asociación de todos los seres, blancos, negros y grises. La esencia que se equilibra entre la pasión y la razón, entre el deber y el ser, entre el grito y el silencio. En la tinta de mi bolígrafo, que escribe a borrones de duda, está mi arma, señor Abascal Bronson ¿Acaso su arma verdadera, señor, es el odio?

‘Por si acaso’, ‘para estar protegido’… mucho pensamos en los analgésicos y poco en la curación. Menos manos temblorosas empuñando muerte y más retinas llorosas por exceso de lectura.

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