Me premiaron con un Goya

Ya tengo mi Goya. Puedo, son veinticinco años de telones caídos y alzados, decirlo en alto sin resultar petulante. Recibí premios, algunos justos, pero este último, el Goya, es merecidamente especial. A veces, sin quererlo y sin virtud, me hicieron subir al púlpito en pajarita para colmar mi autoestima con algún que otro trofeo. Otras veces, arbitrariamente, se guardó gélida indiferencia ante el esfuerzo de mi obstinada imaginación. Lo cierto es que me cayó en las manos, recién horneado en Sevilla, un Goya. Otros tienen más, lo que minimiza el hito. Otros no tienen ninguno, lo que hace que tenerlo parezca extraordinario. Sea como quiera que sea, no se puede decir que tal premio es despreciable de la misma manera que no se puede considerar que, ser premiado, es ‘el total y el fin’, como diría Macbeth en su afán de matar a Duncan. En estos momentos de regocijo me vienen a la cabeza los que, por ignorancia, por interés o por acertado criterio, me desconsideraron y pienso cómo les hubiera ido si me hubieran tenido más en cuenta. Ahogados en la farsa del éxito, seguramente, o impulsados por la abundancia del infortunio, quizá. Puedo, con un Goya en mis vitrinas, restregar mi suerte a los tóxicos. Puedo compartirlo con un brazo amigo y, humildemente, reconocer que es por él, para él, con él, que logré la marca. Puedo olvidarme en cinco días del rastro de jabón y dar rienda a mis pies en este tránsito que se llama vida. Yo decido, por contrastada experiencia, si un Goya a mis espaldas es fruto del azar o está moldeado con barro humedecido por sudor. Yo decido gritar mi soledad o sellarme los labios de la altanería. Humano soy y me deslizo en una cuerda tensada por opuestos: el bien y el mal, la sencillez y la soberbia, el deber y el querer. Humano soy y lo publico, porque lo merezco, porque tengo debilidades que me sobredimensionan, porque dudo entre tanta mente enmarañada, desmemoriada, desagradecida, desapasionada. Tengo un Goya. Gracias a los que me lo otorgaron. Pensaron, subjetivos en sus pensamientos y objetivos en el amor, que era un digno merecedor de un cabezón. Gracias. Seguiré haciendo lo que mejor sé hacer y seguiré proclamándolo, porque al caminar sin zarzas se camina más digno. Tengo un Goya y no todos los días se gana un Goya ni se consigue de la manera que yo lo hice. El logro no es nada del otro mundo ni tan poco notorio que no deba anunciarse.

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