Lágrimas

Cada vez que le hincaba el diente a una presa, lloraba. Parecer sensible se cotizaba más que serlo. Un día el cocodrilo, aprovechando ese maquillaje de la crueldad, decidió ser el rey del pantano. Su ascensión al poder no resultaba fácil, tenía que lidiar con aspirantes muy bien preparados con tácticas de acción perfectamente estudiadas.

El cangrejo ermitaño contaba con agresivas pinzas capaz de intimidar a sus enemigos y en caso de fallar en el ataque siempre podía esconderse en su dura casa de cáscara de gasterópodo. Su hogar, habitado por descarada ocupación ilegal, era tan eficaz contra las dentelladas como lo podía ser el ladrillo para el soplido del lobo. Contaba, el ermitaño, con una ventaja determinante: en épocas de campaña lograba desplazarse a lo largo y ancho del pantano sin necesidad de desandar lo andado de vuelta a casa. Podía suponer un esfuerzo adicional dar un mitin con la morada a cuestas, pero, en cualquier lugar y a cualquier hora podía recogerse para echar una cabezada sin necesidad de tirar de las habituales drogas con las que resistir la fatiga.

Luego estaba la araña de agua. Tremendos colmillos la flanqueaban. Aunque lo más significativo era que tenía la habilidad de respirar sólo una vez al día. Podía mantenerse horas sumergida y por tanto era capaz de lanzar el discurso acuático más machacón de la historia sin estar obligada a inhalar y exhalar. Si un ser normal podía espetar del orden de mil palabras por minuto, la araña, era capaz de triplicar esa marca sin despeinarse los pedipalpos. Hablar, hablar, hablar sin decir nada, pero hablar al fin y al cabo.

A lo lejos se vislumbraba la silueta del hipopótamo. Tan herbívoro de convicciones que extremó sus posiciones y se hizo vegano. No comer nada que hubiera sufrido al morir lo reconcomía, así que o se alimentaba de cosas todavía palpitantes, vampírica elección,  o se ponía tapones en los orificios nasales con el objetivo de no respirar la microbiología ambiental y evitar así una masacre. Aire había que tomar y lo hacía en secreto para no verse preso de sus principios, pues sólo entendía los principios cuando los manifestba públicamente. La última generación de hipopótamos había adquirido un tono azulado en la piel que sólo lo explicaba un maquillaje de asfixiante anoxia. Tanto se había convencido del veganismo que más que argumentar, señalaba. Tan convencido estaba de su verdad que muchos lo seguían para no sentirse traidores del naturalismo, abominables engendros antinatura. Convencía más por presión que por razón y eso significaba una ventaja en la carrera contra sus adversarios ya que la razón obligaba a marchar lentamente.

El delfín rosado achinaba sus ojos y cazaba en el fango. Lo primero le hacía adoptar un aire somnoliento que le alejaba, en apariencia, del conflicto. Sus enemigos no observaban en él actitud beligerante y les hacía descuidar la guardia. Los ojos, casi cerrados, transmitían paz, pero la estrecha luz entre párpado y párpado permitía, al delfín, vigilar sin que lo pareciese. Lo segundo, atacar presas débiles en el barro, le confería una engañosa autoridad que le hacía sentirse superior por el miedo y la sumisión de los que recibían su tirano golpe.

Todos tenían estrategias para simular honestidad. Todos se sabían mesiánicos y portadores del bien y la verdad. Hacían el truco del mago que con un movimiento grande ocultaban uno pequeño y así, los defectos, las imperfecciones, las flaquezas eran banalizadas por la pompa de las habilidades. El cocodrilo lo sabía y quiso abonarse a las maniobras del ruido para poder ser el elegido por un pueblo que se conformaba con tener aspirantes honestos en la forma y despóticos en la acción. El cocodrilo sabía que para llegar al trono había que desarrollar táctica y estrategia. Sabía que contaba con la facultad más poderosa posible: la empatía. Lo que ambicionaba era impulsado con las palancas de la farfullería, pero, como dijo el pérfido, los medios son justificados con el fin. Destruir a la inocente presa mientras sus reptilianos ojos lloran. Distraer la sangre de sus dientes con los cristales salados de sus pupilas. Podía sentirse el crujir de los inocentes cuerpos desmembrados por su afilada boca, pero… ¿quién podría juzgar a un arrepentido, a un plañidero, a un ser feroz gimiendo como un colegial?

Cuenta la leyenda que así fue como el temible reptil pudo reinar por encima de sus oponentes: endulzando con lágrimas de victimismo su verdadera ferocidad. Pero las leyendas son sólo leyendas y las puedes atender o las puedes ignorar. No obstante, es relativamente barato tomar precauciones y conviene mirar la dentadura de nuestros sagaces electos; que al derretirnos con tanto sollozo descuidamos sus colmillos y podrían esconder el blanco marfil con una fina capa roja de sangre. Hagan memoria, seguro que conocen alguno.

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