En cadena

En apenas quince segundos había que tramar, sopesar y ejecutar el plan de acción más importante de la historia para ese lugar, en ese momento y con esas personas. Se debía conservar la mente fría y el corazón caliente. Sin esa mezcla de temperaturas extremas la operación podría irse al traste. Un pequeño error, por mínimo que fuera, podría dejar expuesta a una persona del equipo lo que supondría una caída en picado del castillo de naipes que hasta el momento se había levantado. Cooperación, decisión, confianza y acción. Para entendernos mejor empezaremos por el principio: a Mortimer Brewster se le había roto el zapato. De tanta pirueta que era capaz de ejecutar en pocos segundos y en pocos metros cuadrados, alrededor del arcón donde yacía la última víctima de sus adorables tias, la mediasuela de uno de sus mocasines marrones de tango se había desprendido. Estaba colgando, desencolada, con tan mala suerte que ni volvía a su lugar de origen ni se separaba del todo. Como el perro del hortelano, pero en suela. Caminar se había convertido en una empresa imposible de satisfacer. Las risas de los observantes se acompasaban a cada movimiento de Mortimer, pero Mortimer sabía que no podría disimular el accidente por mucho tiempo. Aprovechó el lazo con su público, mientras rezaba a San Tespis agarrado a un silencioso subtexto, con la creencia de que aparecería una destello al final del túnel.

— ¿Sacarme el zapato y dejar el pie al descubierto? ¿Hacer como si no pasara nada? ¿Arrancar la suela y colocarla bajo la alfombra persa?

Todas las opciones que barajaba el damnificado implicaban un riesgo muy elevado que podía mermar la acción, objeto último de todo buen actor. Seguía tropezando sobre sí mismo, motivado por las crueles risas de la sala, mientras adivinaba el ocaso. El técnico que, a pesar de poner y quitar rutinariamente atmósferas lumínicas, tenía un ojo puesto en la escena, se percató del contratiempo. Puso en marcha la alarma y discurrió en milésimas de segundo lo que se discurre en minutos que parecen horas. Había que informar a alguien que pudiera informar a alguien que pudiese avisar a otro que pudiese pensar algo útil en el menor tiempo posible. Había que poner al corriente al más cercano de la troupe sin descuidar el cuadro de mandos; no era inteligente desvestir un santo para vestir a otro.  Apenas se consumieron diez décimas de segundo desde el nefasto suceso de la tapa desenganchada cuando el iluminador ya había dado luz del asunto a un compañero que se abotonaba la camisa.

Mortimer está en apuros, buscad unos zapatos.

Un caballero como Mortimer no era nadie a pie desnudo. Antes sin gorro o sin calzoncillos, si cabe, pero los zapatos habían de estar allí donde los pies los reclamaban. Mortimer era como un Errol Flynn cualquiera en ‘Murieron con las botas puestas’ y había que encontrar una solución al asunto del calzado si no quería acabar más tieso que en Little Bighorn. El público seguía atrapado con el enredo de los muertos del arcón, con la trama del vino envenenado de tía Abbey y tía Martha, con el estrépito de la corneta de Teddy. Había margen, lo que dura inhalar y exhalar, pero los instantes son eternos cuando el aliento de la adversidad sopla en el cogote.

— Zapatos.

— ¿Qué paso?

— Se le rompieron en escena y está en dificultades.

— Voy.

El compañero que se abotonaba dejó, por un momento, podía esperar, su empeño por casar ojales y atravesó los gruesos telones de lana hasta llegar a la sala contigua donde el señor Gibbs ensayaba maneras de atragantarse que lo hicieran creíble en su inminente escena.

Mortimer se rompió el zapato ¿Que número calza?

— Lo debe saber la Sra Witherspoon.

— ¿Vas?

— Voy

El de la botonadura continuó cerrándose la casaca mientras el Señor Gibbs corrió sala arriba. No habían pasado dos o tres segundos más cuando llegó a su objetivo y preguntó.

— ¿Qué número calza Mortimer?

— ¿Por qué?

— Se le rompió el zapato en escena.

— El cuarenta y dos.

Buscó, la Sra Witherspoon, un mocasín para Mortimer como el príncipe buscara una cenicienta para una zapatilla de vidrio. En los cuentos acaba encajando hasta lo que no encaja por lado alguno, de ahí que los llamen cuentos, como una ficha de puzzle incrustada en un lugar que no es el suyo. Un mechón de pelo rubio como el sol puede tener propiedades curativas. Un lobo puede tumbar una casa de madera de un soplido. Una jovencita puede calzar zapatos de vidrio, pero, en aquel lugar y aquel instante, no podríamos decir que Mortimer fuera un príncipe azul en un plácido cuento de hadas. Allí se representaba una obra teatral cuya trama debía hilvanarse al milímetro para que la magia no se disipara. Cómicos como cirujanos aplicando el bisturí a corazón abierto. Cómicos que consolidan el hechizo con sus habilidosas muecas o lo quiebran si la pericia no los acompaña.

— Un cuarenta y dos para Mortimer, es urgente.

— Yo tengo el cuarenta y cuatro —Dijo Jonathan mientras se maquillaba una siniestra cicatriz en el rostro.

— Yo el cuarenta y uno  —Dijo, Teddy mientras desembozaba la corneta.

— Mis zapatos son de tacón  —Dijo Eleine.

— Creo que tengo unos, pero antes quisiera leeros unos apuntes  —Dijo O’hara, el policía que quería ser dramaturgo.

— En el almacén, allá habrá algo.

Rebuscaron todos los rincones del oscuro almacén hasta dar con unos zapatos de caballero del cuarenta y dos. Los astros estaban de cara por el momento, pero ¿cómo hacerle llegar a Mortimer el calzado si éste no salía de escena ni tenía oportunidad lógica de hacerlo? Al actor, ilimitado en voluntad, se le acababan los recursos. Los compañeros, mitad personajes mitad cómicos, esperaban entre bambalinas con los zapatos del cuarenta y dos en las manos de uno de ellos. El castillo de naipes temblaba. El callejón sin salida asomaba. La sombra de la derrota cubría los rostos de la compañía tras las patas de terciopelo. La última milésima de segundo en que aún se podía improvisar caía como una hoja de otoño. Del éxito al fracaso en un suspiro. Era el momento de pisar tarima de la Tía Abbey cuando, quince segundos después del accidente, dijo con voz providencial:

— Dadme esos zapatos, que me toca.

Tomó los zapatos y entró hasta llegar al lado de Mortimer. Caminaba tranquila y con el estilo de John Wayne en ‘Centauros del desierto’. Caminó más de seis metros en cuatro segundos y a cámara lenta. El resto de comediantes miraba tras el escenario con ojos vidriosos nubla visiones.

— Toma estos zapatos Mortimer, que Eleine te tiene que ver presentable.

Se acordonó, Mortimer, los nuevos zapatos, esbozando una sonrisa, mitad él mitad el hombre que lo encarnaba, mientras pensaba que era, allí, la persona más afortunada del mundo por formar parte de un equipo único. El público no advirtió nada extraño o tanto se entusiasmó con la genialidad que nada reprochó. Esa noche los aplausos tuvieron más sentido que nunca. Dos más dos son más que cuatro si la cadena está engrasada. Esa noche todos durmieron felices, envueltos en el manto de la noche y el silencio del éxito.

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