La pasión según San Germán.

Me humillaron. Me apartaron de casa de repente, a palos. Me drogaron. Me despuntaron la esperanza. Nada pude hacer ante lo imposible, ni despedirme de los míos pude. Me hacinaron junto a otros como yo. Oía gritos morbosos que acechaban. Olía a sangre de mi sangre. Sentía el dolor que adivinaba en el costado. Quise huir en vano. Golpes, gritos, puyas, desprecio recibí en la ruta al calvario. La corona de espinas se dibujaba en el horizonte. Las cruces de la muerte hacían sombra en la colina. Sonaba la orquesta anunciando la masacre. Centenares de caras aguardaban desorbitadas, a sol y sombra, la tortura. Niños, ancianos, embarazadas, amantes de Dios y del paraíso, promulgadores de la paz, pero fanáticos del martirio. Sonaba la orquesta cuando me sacaron a la arena ciego de pánico. Corrí hasta la asfixia. Me fustigaron. Me desangraron. Me sometieron. Me degradaron para convertirme en mucho menos que nada. Se reían. Aplaudían con rostros sádicos. Coreaban, hermanados, saboreando la destrucción de la vida. Vidas palpitantes aplaudiendo la muerte. Vidas inteligentes orgullosas de su idiotez. Sospeché mis últimas bocanadas de aire, enrarecido de violencia extrema.

Quizá vaciéis mi aliento, pero resucitaré para regresaros el desprecio. Empezaré con vuestros inocentes vástagos hasta llegar a vosotros, los cabecillas. Asumiré toda la maldad del planeta en mi propia carne, con mis heridas y devolveré la vergüenza multiplicando la vergüenza. Retoños del creador cobraréis la crueldad con la ira de vuestro padre.

El dolor caminaba, célula a célula, aguzando el suplicio. La sangre ya encharcaba los pulmones. Los ojos ya nublaban la vista. El aire no encontraba huecos por donde calmar el ahogo. Los músculos se retorcían decolorando el carmín de las arterias. El vía crucis acertaba su fin ante un mar de blancos pañuelos. La matanza legal saciaba el bajo instinto de las mentes criminales. El exterminio financiado rubricaba otra tarde de fingido amor por la vida. El tormento, ataviado de luces, templaba el estómago del sadismo.

Me humillaron. Me partieron el corazón de una estocada. Me arrastraron por la arena dejando un cerco de terciopelo rojo. Habéis pagado mi muerte con dinero del pueblo. Habéis emitido la sangre en televisiones del pueblo. Habéis justificado la tortura con cortinas de humo y juicios falaces. Habéis adornado el crimen con ceremonia de bombo y platillo. Habéis insultado al arte pronunciando su nombre. Habéis desdeñado la ciencia frivolizando la llaga. Habéis besado a vuestro fruto con boca fratricida.

Me despuntaron la esperanza. Ni despedirme de los míos pude.

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