El néctar

Empezaron las flores a competir por la belleza de sus pétalos. Cada día inventaban nuevas formas de desplegar su corola, nuevas maneras de exhibir sus colores, nuevos estilos de distribuir cada una de sus partes. El sueño era lucir prenda desde el alba al ocaso hasta el punto de eclipsar a sus compañeras de campo. Alguna, incluso, pensó que podía resplandecer tanto que le sería posible hacer parpadear al sol. Emplearon tiempo, todo el tiempo, en desarrollar sus encantos, puesto que no había mayor recompensa que ser más linda que ninguna en su entorno. Empezaban a ser tan deslumbrantes que los insectos se volvían locos cuando las veían, perdían la cabeza, revoloteaban nerviosamente, atraídos como idiotas por la hermosura que se abría en sus brotes. Las abejas se peleaban entre ellas descuidando sus labores productivas. Las mariposas sentían tanto resentimiento que sólo soñaban con emular la delicada forma de la flor más hermosa. Las orugas se apartaban de las hojas y se dejaban atrapar por la riqueza multicolor del manto floral. Todo empezó a ser un caos en el monte y el desorden aumentaba por momentos en la medida en que los presumidos vástagos vegetales se adornaban con carmines de tonos infinitos.

Una margarita decidió desviarse de la tendencia, quizá por rebeldía, quizá por sentido común o quizá por impotencia al saber que no había nacido para competir con las formas perfectas.

Nada puedo hacer. Nada debo hacer. Nada quiero hacer.

Atraía, la margarita, a los desheredados del bosque. Escarabajos embarrados, viejas polillas, obesos abejorros, mariposas torpes con déficit de escamas en las alas eran los visitantes que solían posarse en sus blancos pétalos. Temía, la margarita, las manos de los enamorados que, según contaba la leyenda, gustaban de trocear sus hojas marfiles, una a una, con la absurda creencia de encontrar respuesta a la duda amorosa. A estos desalmados descuartizadores no les gustaban las flores por su belleza, sino por sus dotes adivinatorias. Por eso, la margarita blanquiamarilla, se escondía entre las zarzas y elegía empinadas lomas para morar. Quiso optar por lugares inhóspitos antes que lucir en verdes prados expuesta a una muerte segura por unas manos criminales o por unos afilados dientes de rumiante.

No es que no quiera ir al prado es que me gusto más entera que a trocitos.

La margarita se sentía diferente y lo reivindicaba, aunque inconscientemente quería ser la más bella entre las bellas. Defendía el defecto, aplaudía, con pétalos como palmas, la diversidad y repudiaba la moda y cualquier forma de notoriedad sustentada en la forma.

Soy flor y no lo soy sólo por tener vestido de flor.

El festival de colores llegó a su culmen en la pradera. Para entonces las flores ya se olvidaron de producir néctar, no tenían tiempo para superficialidades. Cada segundo de su existencia lo dedicaron a las mil y una maneras de cómo maquillarse. Atraían, cual geishas, a insectos y a aves de toda la zona, pero estos, apenas colocaban patas y artejos en sus pigmentados pétalos, descubrían una suerte de vacío, en una corola despampanante sin vida, que los sumía en el tedio más profundo. Era como habitar un oasis en el desierto, como pretender atrapar un destello en el mar o como querer perpetuar una estrella fugaz. Sin néctar no valía la pena perder un segundo más.

Hay que buscar flores con líquidos vitales.

No había en toda la campiña una sola gota de néctar. Sin alimento había que marcharse ¡Qué estúpidos habían sido por dejarse engatusar por efímeros fuegos artificiales!

El campo se fue marchitando. No crecían más plantas y las flores fueron envejeciendo a toda velocidad como Dorian Gray ante el espejo. No se podía volver atrás. Habían sacrificado el contendido por la forma. Habían pensado, las flores, que ser deseadas por apetitos que no perseguían más que lo sublime, era lo único por lo que merecía la pena vivir. Creían que despertar la envidia era la más sugestiva de las sensaciones. Recibir sin dar nada a cambio había sido la empresa de todas ellas y ahora, irreversiblemente, caían en la cuenta de su error asumiendo una muerte lenta y cruel hacia la extinción.

Se corrió la noticia de que en una alejada loma había una flor blanquiamarilla cuyo nectario producía un jugo capaz de alimentar cien mil espiritrompas. Allá que fueron en tropel. La margarita los vio venir a lo lejos y se juró no dar nada a ninguno de los que antes habían negado el valor de la disparidad. Después recompuso su opinión y, al ritmo de ‘a nadie amarga un dulce’, cambió razón por ego.

¿Ahora os resulto bella? ¿Ahora que las otras están marchitas soy plato de vuestro gusto? Venid entonces.

De la flor no quedó ni el cáliz: la despedazaron en milimétricos cachitos. Más cruel que si hubiera caído en las manos de un despiadado amante con ganas de conocer la reciprocidad de su amor. Entonces, cuando desapareció la última flor, ya no quedaba un solo brote verde en el bosque y todo era un inmenso mar de granitos de arena. Otras formas de vida surgirían en la aridez. Otras formas de vida que sacarían espinas a la adversidad y, sin ánimo de ostentación, harían bello el particular defecto.

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