Campanas de censura

Tilín, tilín.

Ya suena la campana del censor. Que se vuelvan a extirpar los besos de todo celuloide no vaya a ser que los pequeños se nos perviertan. Compremos esponjosos tapones que encajen en las orejas de nuestros vástagos. Fabriquemos parches para colocar a pares en los lampiños rostros de nuestras criaturas. La vida será como Dios quiera que sea que nosotros sabremos travestirla para que simule lo contrario o nada. La realidad podrá arrojar toda su verdad que tendremos suficiente sal para abrasar la retina de nuestros queridos y amados retoños.

Perra censura que nos quiere tensando hilos de baba espesa por la comisura de los labios. Despreciable doctrina que nos corta las alas para que no volemos ¡Iros a la mierda, desgraciados! Dejad de poner cinta aislante a nuestras emociones. Dejad de ensuciar la información, que con el ruido no nos dejáis distinguir los hechos de sus distorsiones ¡Queréis amordazarnos con el desconocimiento, canallas! Dejad que la información sea libre, dejad que nos cultivemos, dejad de considerarnos vuestros peones. Dejadnos sentir, amar, respirar, pensar y equivocarnos por nosotros mismos.

Si nos queréis, si queréis que demos pasos firmes con zapatos propios, no nos ocultéis las rutas que vuestro fanatismo os hacen ver incómodas ¿Acaso pensáis que no llegaremos a ellas más pronto que tarde? No nos separéis del mundo palpable con tanta paja mental, coged vuestra campanilla y haced que su sonido inquisidor se lo lleve el viento al lugar donde los idiotas se regocijan con sus prejuicios.

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