Que viene el lobo

Decían que venía el lobo
y levantó un muro de ladrillo.
La vida era impermeable,
pero el aliento del lobo
sólo podía agonizar
en la frontera de piedra.
No se veía el cielo.
No se sentía el aire.
No se escuchaban las voces de los vecinos.
Arrogante en su fortaleza
la piel se tornaba pálida.
Olvidó el calor del Sol.
Pensó,
tiempo después,
que por dejar entrar un rayo de luz
no se correrían grandes riesgos
y cambió el sólido muro de ladrillo
por uno de transpirable madera.
Con miedo,
al principio,
esperó el aullido del lobo
que nunca dibujó el eco,
pero ahí debía estar,
aguardando el error,
el descuido,
para lanzar sus feroces fauces.
Algo de luz entraba.
Algo de murmullo
se colaba entre las grietas de pino.
Pensó,
con el tiempo,
que por bañarse con un poco de brisa
no se llamaría al infortunio
y cambió el muro de madera
por uno de paja.
Puso ventanas transparentes
y salpicó de puertas la pared.
Como el lobo no soplaba
desmontó las cerraduras.
Ya había Sol
Ya,
el canto de los pájaros,
sintonizaba el despertar matutino
y el olor a tierra húmeda
anunciaba la noche.
Habían gotas de lluvia deslizándose en el cristal.
Carámbanos en el tejado.
Sinfonía de color al atardecer.
Luces tintineando más allá del vidrio.
Licantrópicos aullidos en luna llena
que lejos de ser alarmantes
avivaban la liturgia de la noche.
Abrió de par en par la puertas
y se dejó contaminar.
Entonces pensó en la vida perdida
y como tenía tanto por vivir
sus pensamientos se despistaron.

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