Días señalados

Orgulloso de poner mi granito de arena. Feliz de abrir paso a la reflexión, a los cambios, a la luz desde las artes escénicas. No hay mayor poder transformador que el de ponerse en los zapatos del otro. Las palabras se las lleva el viento y los derechos se hacen vulnerables cuando el interés agita su bandera. Las frases hechas, los principios marxianos, las buenas intenciones cimentadas en efímera forma se meriendan el tuétano del movimiento revolucionario. La justicia no debe permutarse por un sufragio calculado. La libertad no debe desperdiciarse por los bordes de un vaso repleto de verdades absolutas. La empatía, la risa, la proyección, la identificación de un espectador con la verosimilitud escénica es el arma con mayor potestad contra la desproporción, porque educa en el análisis, en la duda razonable, en el criterio y no se propulsa, o debería, con ningún tipo de acto de fe. El teatro, sin buenos ni malos, que da rienda suelta a la acción, sin adornos, sin pompa, sin verbo enredador, es una incómoda patata caliente en las manos del despiadado manipulador. Sufrimos demasiada palabrería disfrazada con etiquetas de lo correcto y lo incorrecto, demasiada compra y venta de la conciencia, demasiado llamamiento a las ciegas emociones para ofuscar la razón. El teatro, quizá no sea el único antídoto, propone un brebaje eficaz para la tóxica arbitrariedad, la ponzoñosa terquedad, el venenoso despotismo. El teatro no da respuestas inequívocas, más bien formula preguntas incómodas, o debería, como un infante curioso flotando en el universo. El teatro no acusa, más bien comprende a propios y extraños, aún conociendo que los extraños pudieran estar en las antípodas del bien o en la frontera de la ambigüedad. No es que el teatro pudiera utilizarse como justificación de lo injustificable, es que si se le pone voz a una sola parte del conflicto, el drama se transforma en sermón, en doctrina, en panfleto. No nació el teatro con el fin de imponer las ideas, que vio luz para diversificarlas. No emergió el teatro para dar lecciones, que brotó con el objetivo de desnudar la crudeza de nuestras contradicciones. Y aquí estoy, aportando mi granito de arena, sumergido entre réplicas, acotaciones, diálogos asimétricos, esticomitias, silencios, soliloquios, flujos de conciencia, voces que por cómicas son trágicas y que por dramáticas resultan cómicas. Aquí estoy, sin sostenerme en modas, en logos de turno, en chapas oportunas, en normas de buen gusto, dando voz a los desheredados, a los reprimidos, a los perdedores, a los celosos, a los amantes, a los traicionados, a los humillados, a los héroes y a los villanos, los trescientos sesenta y cinco días de año sin esperar que los días señalados, en agendas instrumentalizadas, dicten mi pensamiento y callen mi conciencia.

Aunque, a veces, muchas veces, demasiadas veces, traicionando mi voluntad, insultando mi objetividad, me siento como una mosca atrapada en la miel de lo conveniente y claudico por pasar desapercibido. Contradictorio que es uno.

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