Un selfie con el tsunami

¡Cuánto estoy aprendiendo desde la reclusión! Mi pensamiento se viste de excusa progresista, pero, en su desnudez, la piel es del color de la arrogancia. He mirado con distancia, con indiferencia, con desprecio. Hice chistes fáciles abonando la siembra de la nimiedad. Driblé el alarmismo como un Mesi de la calma, porque creí que tomar en cuenta un virus chino que mutó a lombardo era de histéricos, de fanáticos incluso. Hice bromas con el arroz tres delicias y la pizza Margarita. Sostuve teorías conspiratorias que ahora son fatuas elucubraciones desfasadas, descatalogadas, intempestivas. Mi ombligo todopoderoso era el centro del Universo. Desafiaba a un enemigo diminuto, como un Quijote cualquiera ante un temible gigante con apariencia de destartalado molino. Me hice un selfie junto al Tsunami, con labios sobresalientes y dedos en forma de victoria. Inconsciente. Nadie me mintió, me mentí yo mismo ¿por qué dar excusas de mal pagador? Ahora veo pasar el desierto mundo desde mi terraza: dos cipreses ondeando al viento, alguna gaviota extraviada, muchos perros tirando de sus amos por el escaso césped de la plaza, carros de la compra, como pretexto, que van hacia ninguna parte ¡Inconscientes! Ahora, desde el confinamiento, con mi familia, disfruto del tiempo de relojes parados, de la sonrisa indeleble de mi hija, de los aplausos fraternales a las ocho, de las cenas a la luz de las velas haciendo sombras chinescas a seis manos, del cine hasta quemarme los ojos, de las mil formas de reinventar el teatro con mis alumnos que aguardan impacientes una gota de aventura cuanto menos virtual. Ahora pienso mucho y hablo poco. Miro redes y percibo banderas que no ayudan en nada más que en cavar un hoyo más profundo. Escucho a charlatanes llamando al contacto físico en claro desafío a la ciencia como aquel que quiso demostrar que la tierra era plana y acabó mordiendo el polvo cual presuntuoso Ícaro. Dije, errado, aquello de que yo no era población de riesgo: por insolidaridad y desconocimiento. Soy de riesgo, porque no podría soportar ver morir a un ser querido por falta de camas o respiradores. Soy de riesgo, porque no estoy solo en el mundo y mi ombligo no vale más que el de otro. Soy población de riesgo, porque no me gustaría dar el último adiós a los abuelos de mi hija vestido de astronauta o con la distancia de la gélida pantalla del móvil. He caído como un insolente Goliath. Resulta que China, curioso sarcasmo, nos tiende la mano y parece que ha desarrollado una vacuna. Ahora somos unos apestados como un refugiado de guerra en la boca de un intransigente. Hemos cambiado de bando: los que mirábamos, ahora somos mirados. La vida paga con ecuánime ironía a los indiferentes, a los insolidarios, a los altivos. Me quedo en casa por tanto héroe expuesto a una infección impredecible y sin precedentes. Me quedo en casa para doblegar el trance, burlando al virus, comunicando con la gente que quiero por redes, telefonía o atávicas señales de humo, viviendo un momento histórico a la luz del multicolor ciclorama que me abren las ventanas de mi ático.

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