Nada que celebrar

Nada que celebrar mientras el teatro no pueda pronunciarse con todas sus letras. No se celebra la parcialidad. No se celebra nada si no es el todo lo que se elogia. No se celebra un mérito si es un sucedáneo o lo que las élites quieren que sea. No se celebra lo que se subestima. No es grato hablar de las bondades de algo un día y negarlas, como un San Pedro, el resto del año. No se conmemora la hipocresía. No se festeja lo que se utiliza como pomposa imagen, como fotografía de turno, como chapa de quita y pon. No celebro la mísera subsistencia del arte escénico mientras haya más valor en un rifle que en los versos de Shakespeare. No celebro la excusa burguesa para lucir pegatina mientras se silencia la voz de Chéjov al pueblo. No celebro lo que se prefabrica para unos pocos privilegiados. No se veneran los aplausos sesgados, la poca fe de los que gobiernan, la desidia del necio, la mordaza de los que tienen mucho que perder ante un Espartaco llamado teatro. No celebro la derrota. No celebro las medias tintas, que en esa mezquindad triunfa la avaricia. No puedo celebrar que la artes escénicas no estén en la base de nuestra sociedad, que sean perturbadas por el amor desaforado a los billetes. No es que esté en confinamiento por lo que no quiera alabar las migajas, es que el teatro está en destierro constante: recortado, insultado, menospreciado. No se celebra lo que los tramposos quieren que celebremos para que un día señalado sirva de pretexto a la inacción de todo un año. Cuando no seamos coartada, cuando una mueca valga lo que merece, cuando la catapulta de la empatía y el entretenimiento siente cátedra entre los valores importantes de nuestra existencia, cuando el teatro no sea de los desheredados, entonces celebraré la victoria. Ahora, más que celebrar la nada, incito a que desde el teatro se empiecen a afilar las hachas que han de conquistar el todo. Afilar las hachas que han de separar la maleza de un frondoso bosque, lleno de vida y esperanza, que algunos llamanos teatro.

  • La imagen corresponde al óleo “La intriga” de James Ensor

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