El dragón

Se escuchaba el ensordecedor rugido del dragón en cualquier parte y a cualquier hora. Se adivinaba, aún a lo lejos, su piel verdosa escamada, su electrizante cresta, sus ojos reptilianos y su abrasador fuego que emanaba desde el estómago y hasta los orificios nasales y el hueco de la boca. Los tenía a todos atemorizados. Nadie en el pueblo era capaz de hacer más que lo mínimo y esencial: comer rápido, dormir poco y trabajar a destajo. Las premisas eran incuestionables a la vez que esclavizadoras: conseguir la comida de un mes en una semana y dejarla en la roca más alta de los montículos que rodeaban la villa. Los rugidos del dragón, en la lejanía, desbarataban cualquier conjura en su contra y animaban a los aldeanos, por terror, a trabajar más allá de las fuerzas de flaqueza. Flanqueando las casas estaba el castillo donde vivían el Rey y su familia en relativo sosiego e incierto pavor. La imposición del dragón no había traspasado los muros reales y desde las almenas se miraba el mundo con la distancia de un miedo cercano o la lejanía de una calma chicha. El Rey, el máximo representante de cuantos habitaban, repetía con vehemencia cuales eran los pasos a seguir para no padecer los temibles daños de la furia del fuego.

Si hacemos, sumisa y puntualmente, lo que el dragón solicita, evitaremos su ira.

Sumisa y puntualmente, agitados por el eco de los rugidos y el resplandor remoto de las llamas, el pueblo obedecía los designios del dragón ante la pasividad del Rey.

Me gustaría hacer algo, pero… ¿qué puede hacer un humilde Rey ante la ferocidad de un dragón?

Frutas, leche, huevos y un sinfín de nutritivos alimentos eran devorados por la fiera, mientras el hambre, la precariedad y la miseria se instalaba en las casas tiñendo de gris oscuro el presente y el futuro. Un lugareño, una vez, tuvo la sugerencia de poner arsénico en la comida para poder derrotar al enemigo, pero el resto, influidos por el recelo del Rey, desaprobaron la propuesta temerosos de su fracaso. Otro individuo intentó recordar cómo era el dragón, qué aspecto tenía, cuáles eran sus dimensiones y se esforzó por evocar la primera vez que, con abrasadoras peticiones, se subyugaron a su tiranía, pero no había manera de recapitular, de ordenar la memoria, por lo difuso de las causas y lo contradictorio de los datos. Parecía que esto venía de lejos. El padre del Rey, el anterior Rey, años ha cazaba cuando tuvo un fatal encuentro con la bestia que, con una bocanada de fuego, le desfiguró la cara. Después se sucedieron los rugidos. El calor de las llamas y el miedo se instalaron en las paredes del hogar, en los rincones de las plazas, en las imágenes de las iglesias y en todo aquello que la vista podía abarcar. Eran tiempos difíciles, quizá los últimos para la realeza, quizá los primeros de un mundo sin el privilegio de la monarquía, cuando el dragón, oportunamente, desplegó su dictadura. El dragón cambió el despotismo de la corona por el de la cresta, con el agravante de que los reyes, aún teniendo la espada, no escupían lumbre. De mal en peor. Así se lo hizo saber al Rey padre tras marcarle la cara con el fuego.

Os sumiré en la nada si no me entregáis todo.

Había sospechas. Había discrepancias. Había quien no estaba dispuesto a aceptar las condiciones. Había quién llegó a dudar si era posible una conversación entre un Rey y un dragón incapaz de articular palabra, pero los rugidos pusieron las cosas en su sitio ¿Qué importaba cualquier cosa si la posibilidad de ser abrasados por el fuego se hacía palpable? ¿No sería mejor trabajar y callar que desafiar al monstruo en una batalla perdida? ¿Quién podía vencer a un dragón? ¿Acaso la cara del Rey, derretida por el fuego, no era suficiente prueba de peligro? ¿Acaso no era argumento suficiente, una cara deforme, para que realeza y plebe se mantuvieran unidas contra un enemigo superior?

Ahora, hoy, años más tarde del principio del terror, había quienes estaban dispuestos a morir desobedeciendo antes que padecer la inacción del miedo. Lo harían, más que por ellos, por el futuro de sus hijos. Tomaron hachas, palos y hoces. Eran pocos para los que el pueblo podía aportar, pero suficientes para tumbar las puertas del castillo.

¡Majestad, vamos a por el dragón!

¿Vamos?

Sí. O está con nosotros o contra nosotros.

Siempre estaré con vosotros, porque remamos en la misma barca.

Nosotros remamos en barca y usted en navío. Tiene ejército ¿Por qué no lo emplea contra el dragón?

¿Qué podrían hacer? Nada, contra un enemigo invencible.

Entonces lo haremos solos.

El Rey, alarmado, propuso hablar con el dragón. Ya lo había hecho su padre y se veía con autoridad para enfrentarse a la situación.

Hablaré con él y le pediré clemencia. Soy el Rey y no debo eludir mi responsabilidad. Mejor la muerte de un Rey antes que la de todo un pueblo.

A la mañana siguiente, el monarca se despidió de su mujer y su hija y, ante la mirada de los aldeanos, se adentró en las rocas. El silencio se apoderó del espacio y el tiempo se hizo estático como el granito. Ni el susurro del viento ni el aleteo de las aves ni el murmullo humano hizo gala de presencia en varios kilómetros a la redonda. Súbitamente una llama lejana y un grito atroz despedazaron el misterioso sosiego. Volvió el Rey corriendo con las manos cubriéndose el rostro. Descansó en palacio durante veinte días, con sus noches, bajo los minuciosos cuidados de su esposa. Las conversaciones eran carne de la depredadora especulación. La incertidumbre ante tantas preguntas sin respuesta forzó la comparecencia del Rey. Fue en la plaza, con el abrasado rostro real cubierto por vendajes.

Sufrí la ira del dragón, como la sufrió mi padre.

El cuerpo del monarca era preocupación, era el reflejo de la resignación por haber empeorado la ya de por sí difícil situación.

A partir de mañana, acompañado de las viandas, debemos entregar, al dragón, una doncella. Una por mes y hasta que, según su criterio, hayamos desistido de toda idea de sublevación.

No querían aceptar las condiciones. Algunos hombres fueron a por sus aparejos para enfrentarse a la bestia sin dilación. Ya no querían contemplaciones. Ya no querían seguir atados al pánico. Ya querían desprenderse de la piel del cobarde, del músculo encogido, de los órganos doblegados. Querían hacer frente al reptil alado cuando el soberano se desplomó, rodillas en el barro, para pedir prudencia. Los ciudadanos querían tomar las riendas, demasiados años confiando en un Rey inoperante que por no perder su tranquilidad dejaba a su gente a merced de la opresión ¿Qué sabía del dolor quien vivía aislado entre murallas ante el tormento?

Nuestras hijas no, majestad. No las abandonaremos ante el monstruo para que las devore, para que juegue con ellas hasta la muerte, para que abrase su piel y engulla sus entrañas. No habrá festín con nuestras hijas.

¡No hay otro camino que el de aceptar!

Queremos ver los ojos a la bestia.

Mi padre se los vio y acabó desfigurado, yo se los vi y corrí una suerte similar. Por fortuna estoy vivo para poderlo contar. Obedecer nos da un tiempo con el que poder cambiar las cosas, pero enfrentarse sería morir al momento. Creedme, yo también pierdo esta vez ¿Acaso mi hija está exenta de la amenaza del monstruo?

Fueron palabras convincentes. No era, ni de lejos, a lo que aspiraban los aldeanos. Perder a sus hijas paulatinamente era una tragedia que encogía el corazón, pero, si obraban con sumisión, podrían recibir la absolución del dragón, tarde o temprano, evitando un baño de sangre mayor. Procedieron por sorteo para evitar privilegios y así fueron entregando una doncella en cada ofrenda. Por mes, se colocaban todas las candidatas, en un papel, en una saca de tela y el Rey extraía un nombre. Por mes, una joven abandonaba a su familia para encontrar los últimos segundos de vida en los dientes de la bestia. Por mes, las lágrimas regaban la tierra maldita en la que no había paz ni justicia ni libertad. Pasaron los otoños y ya no quedaron doncellas que ofrecer a excepción de la princesa. Hasta la diosa Fortuna se había aliado con el Rey que parecía favorecido por el azar de los sorteos, aún así, cayó sobre su espalda la adversidad como a todos los que juegan con fuego. Lloraron mucho los monarcas y sus gotas eran saladas como las de cualquier mortal. Como las del herrero cuando perdió a su pequeña. Como las del panadero cuando despidió a su único retoño. Lloraron tanto o más que los demás y tanto o más que todo lo que se puede llorar en vida. Tras décadas de prebendas, ahora, los de sangre azul, corrían la misma suerte que los de sangre roja. Tras la sombra siempre hay luz para un afortunado Rey y un día antes del fatídico día apareció, en un corcel blanco, un caballero con cruz en pecho, yelmo plateado por el que asomaba un mechón de pelo rojizo, lanza desafiante y espada liberadora. El jinete alzó una voz tan grave que retumbaba en toda la villa.

Supe del infortunio y acudí en vuestra ayuda.

Providencial para la princesa, pero tarde para hablar de suerte o de justicia. Quizá, tras la cobardía del Rey y su ejército, tras el escaso arrojo de un pueblo abatido, tras la costumbre de clavar las rodillas en el polvo, la perspectiva de un futuro sin yugo no acertaba a concebirse ni con un osado caballero, empotrado en una armadura, dispuesto a apretarse los machos contra una amenaza que le cuadruplicaba en tamaño y ferocidad. No obstante aceptaron su ofrecimiento y pusieron sobre la mesa, coordinados por el Rey, una renta a la que un joven con espada no podría negarse.

No lo hago por dinero

Pero, soy el Rey de estos dominios y no permitiré que un acto heroico de esta índole se quede sin premio.

Ni todo el oro de este reino podría pagar lo que me ofreces.

Trabajaremos duramente para pagarte.

El caballero se dispuso a atravesar los montículos de roca que ocultaban la morada del dragón. Primero al trote para ser despedido con aplausos y después al galope para tomar impulso en la batalla. Llamaradas. Rugidos. Chasquidos de metal y olor a sangre se sucedieron. Silencio tenso rozando la eternidad. Cuando no se esperaba nada, unos cascos de caballo golpearon el suelo creando un eco creciente que se dirigía hacia el pueblo ¿Vendría solo el corcel? En la línea donde cielo y tierra se juntaban se vislumbró, a contraluz, un caballo y sobre el caballo, vivo y entero, el heroico caballero. En la mano del jinete, la que no agarraba las riendas, una rosa roja. Arribó al pueblo sin quitarse el casco y en medio de la multitud, ante los vidriosos ojos del Rey, pronunció unas esperadas palabras, resonantes, repletas de liturgia.

El dragón ha muerto.

Aplausos. Vivas. Alegría desatada. Habían perdido a sus hijas, pero podrían rehacer su vida. Del futuro asomaba un rayo de esperanza.

Queremos ver el cadáver. Queremos ver los ojos del dragón.

Aquí están sus ojos.

Lanzó, el caballero, un hatillo de tela, chorreante de sangre, al suelo. Dentro estaban los gigantescos ojos del dragón.

Queremos ver el cuerpo

Eso será más difícil. Tras varias estocadas con mi espada el dragón comenzó a sangrar y fueron muy pocos minutos los que pasaron cuando su sangre se transformó en bellas rosas y sus alas, su espina dorsal, su cola, su cabeza en rosales de diferentes dimensiones.

No daban crédito ¿Dónde residía la magia, el hechizo imposible? ¿Quién había planificado este desenlace fuera de toda lógica? Subieron a la loma y comprobaron lo que el jinete les había relatado.

¡Rosales!

El caballero entregó la rosa a una niña de apenas cinco años. Un retoño que se había salvado de la muerte por no haber madurado todavía a doncella.

Te entrego a ti esta rosa en recuerdo de mi hazaña y para que no olvides que entre los tuyos sólo hay cabezas caídas y cuellos encorvados. Cuando crezcas no olvides que el miedo nos ata en el fondo del pozo sin poder ver la luz.

Le entregaron la recompensa en señal de reconocimiento, después el Rey explicó al pueblo cuánto había que seguir pagando y de qué manera había de hacerse como respuesta a la gesta de liberación. Comenzaron a trabajar a destajo mientras el Rey administraba la deuda contraída con el salvador pelirrojo de la rosa. El precio por levantarse era deslomarse. Eran, ahora, libres de las garras del dragón, pero esclavos de la obligación.

Los días cayeron hasta convertirse en meses y los meses en años hasta que, la única doncella del pueblo, la entonces niña de cinco años, decidió quitarse lastre huyendo furtivamente a otras latitudes, dejando atrás aquel pueblo maldito. Quería ver la luz alejada del fondo del pozo. Caminó durante meses hacia la nada, pero nada perdía cuando de avanzar se trataba. Una noche de luna hizo parada en un hostal y aunque era mujer en un mundo de lobos el miedo no existía en su zurrón. Ante el peligro, una patada bien dada o un mordisco en el lugar y momento preciso o una buena carrera librada por sus jóvenes piernas podían ser suficientes. Mientras saciaba su apetito y pensaba como pagar la cena unos comediantes irrumpieron con sus improvisaciones. Uno de ellos, oculto tras una nariguda máscara, llamaba la atención por su pelo rojizo, su resonante voz y una rosa bordada en su toga. El capitán de la rosa se decía llamar y narraba la historia de un Rey que contrató los servicios de un actor para hacer creer a los aldeanos que era un fornido caballero capaz de derrotar a un temible dragón. Explicaba, con gestos y cabriolas, no sé qué historia fantástica de rosas surgidas de la sangre y carne transformada en rosal de espinas. Cantaba con odas a guitarra cómo se podía amplificar un rugido con el eco de las rocas o cómo era posible crear un aterrador resplandor con una simple llama de una hoguera. Mientras la acción se apoderaba de la fonda, la imaginación irrumpió en la chica. Nunca hubo dragón. El titán sólo existía en la ilusión de una frágil conciencia colectiva atenazada por la brutalidad del peligro. No hubo fuego por la boca: lumbre, humo y sombras, en momentos precisos, multiplicados por la cándida sugestión. No hubo rugidos infernales, más bien leves sonidos, en momentos estudiados, multiplicados por el eco de las rocas. No hubo caras desfiguradas, si no naturalismo riguroso en el maquillaje. No pudo haber limpieza en los sorteos cuando los boletos estaban amañados. No se podían considerar ojos de dragón los ojos de un gran carnero por mucho que lo parecieran. Durante años el despotismo de la bestia fue un enemigo común ficticio para prorrogar la vida de la corona. La rosa no emanó de la sangre ni la sangre brotó del dragón ni éste se transformó en rosal ni hubo batalla a muerte ¿Dónde se quedaba la ofrenda que tan duramente trabajaban los ciudadanos? ¿Y las doncellas… qué fue de ellas? ¿Dónde estaban? ¿Habían muerto? ¿Qué mente criminal pensó en tal atrocidad?

Con el dinero que gané ese día estuve viviendo a cuerpo de Rey durante más de tres meses.

¿Y el resto? Me refiero a la minuta que cada trimestre te pasábamos por tu hazaña.

No sé nada de eso.

El cómico de cobrizo pelo se sentía cómplice del fraude. Él, por ser un raro, por habitar fuera de la incertidumbre de los descastados, por estar al otro lado del dominio de los desheredados, aceptó la mentira hasta aislarse de sus efectos. Mantuvo amnésico silencio ante la muerte injusta de unas pobres niñas, cerró la boca ante un dragón de cartón piedra, se hizo el sueco ante el desfalco del monarca hacia su pueblo. Él, arrepentido, agachó la cabeza frente a la joven en gesto de humillación. Él se llevó inconscientemente la mano a la cara en señal de vergüenza, pero ella, que no conocía el rencor, extendió su mano y agarró la del cómico.

Tú me hiciste ver la luz cuando me ahogaba en el pozo.

Lo siento. Ya es tarde ¿Qué podría hacer para restaurar el daño que hice?

Trabajaban como bueyes los aldeanos para obtener preciados frutos de la tierra que pudieran saldar sus interminables compromisos. Trabajaban hasta sudar sangre mientras el Rey vendía todo lo que se podía vender y pagaba una deuda fantasma a un caballero que no existía por una gesta que nunca se hizo. Era mediodía y la luz del Sol deslumbraba cuando la silueta de un caballo asomó en el horizonte carcelero de la aldea. Sobre el caballo un caballero con armadura centelleante y melena roja ondeando al viento, delante de él, compartiendo montura, una mujer que era luz, una mujer que era agua fresca, una mujer que era bocanada de aire.

Venimos a hablar de rosas.

El Rey, descompuesto, chasqueó los dedos, pero el ejército no atendió a su demanda.

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