La sombra del Burro

¿Quién es el burro en esta historia? ¿Quienes proyectan su sombra equina en las estériles dunas de la estupidez? El otro, está claro. Así acaba la incisiva obra de Dürrenmat de la que extraigo esta reflexión, disculpad el spoiler. De todas maneras no podría acabar de otra manera. Cuando las opciones se reducen a blanco o negro, cuando se aniquila el beneficio de la duda, cuando el interés personal secuestra al bien común, cuando defendemos banderas de justicia para darnos notoriedad, likes que se diría en época de redes, cuando todo es forma sin contenido, ocurre que no sorprende si el resultado de nuestros propósitos acaba en la más pura de las ruinas. Llamadme iluso si creo en exceso en los finales Caprianos o si me muevo demasiado entre tonos grises o si me invade la duda cuando la apariencia levanta su imperio. Decidme ingenuo, cándido, como un personaje Chejoviano preso de su idealismo. Llamadme lo que os parezca si no beso la huella que pisáis, si no rezo vuestra religión de múltiples varas de medir, si no como de vuestra mesa de manjares censurados, de pasteles azucarados, de pollos rustidos con el fuego de la parcialidad. Llamadme bobo, que me erigiré como un bobo librepensador. En la sombra del burro, el burro es el menos burro. Burro es el que proyecta enemigos siniestros y obvia la siniestralidad de sus ídolos. Burro es el que hace crítica sin autocrítica como argumento inapelable. Burro es el que engulle del pan del fanatismo para abominar del trigo de su opositor. Para ser burro no hace falta tener orejas grandes, rabo antimoscas, grito asfixiado, lomo plateado y hocico de pollino. Para ser burro sólo se precisa instalarse en el pensamiento borreguil y comprar boletos en la lotería de la necedad. Esa es la sombra, la real sombra, que oscurece la razón del ser humano. La sombra que Durrenmatt advierte, ridiculiza, entre nombres imposibles de pronunciar, entre juicios amañados, entre lobos disfrazados de cordero, entre personajes promovidos por el interés, por el dinero, por el poder, por la posición, cuan ruin puede llegar a ser un individuo dominado por la codicia. Avisa, entre risas, Dürrenmatt, de un mundo donde el prójimo es un codo que te puede aplastar y debes aplastar con tu codo, en vez de una mano que te puede sacar del fango o acariciar cuando te duele el alma. Como esas manos que acariciaron a George Bailey en el momento más comprometido de su vida. Con sombras representamos la sombra. Con la oscura proyección de siluetas humanas mostramos, a ritmo del verso Muñozsequiano, la profunda negrura de la perversidad ‘humana’ que nos hace inexorablemente ‘humanos’. A pesar de ello hay luz. De hecho no habría sombra si no hubiera luz. De hecho estas letras negras están escritas sobre fondo blanco y de toda podredumbre germina lo bello que es vivir. A lo Bailey.

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