Míster, ¿por qué yo no?

Os recomiendo la lectura de un buen libro. No es teatro. Por extraño que parezca no voy a hablar de teatro, aunque esta propuesta se nutra de situaciones que transitan en ese difícil límite entre la comedia y el drama. Surgió, la fábula, de la pluma de Anty García, un futbolista con todas sus letras. Las páginas de ¿Míster, por qué yo no? son dignas de ser leídas y releídas. Más allá del atractivo del mundo balompédico que describe hay mucha miga que desmigajar. El libro es una reflexión valiente, honesta e inteligente, sobre el éxito o la relatividad del éxito. Es un desnudo emocional de un hombre que, persiguiendo un sueño, ha ido dejando una huella indeleble en el corazón de muchas personas. Nos siembra, página a página, la duda sobre la adversidad y la fortuna. Debate sobre lo sometidos que estamos a la parcialidad de los que toman decisiones y aborda, con coraje, la degradación del futbolista que, teniendo potencial para mucho más, debe asumir su destino en divisiones inferiores, en un mundo donde la imagen que se proyecta, a menudo, está por encima de los principios de generosidad y sacrificio que se le presuponen a un deporte esencialmente de equipo como es el fútbol. Pero, lo mejor aparece en las últimas páginas donde el círculo se cierra y el aprendiz que fue un día se hace maestro para formar a otros que, como él, empiezan a dar sus primeras patadas al balón. Así, en un acto de humildad y gratitud, homenajea a sus mentores, a los que le enseñaron, argumentando con hechos que donde no hay cimientos no se puede construir ni progresar ni avanzar en el camino. Un libro brillante. Se da la perversa ironía de que el autor del libro padece ELA, una enfermedad degenerativa de tipo neuromuscular que destruye gradualmente las motoneuronas. Un revés a un deportista cuyos músculos, los mismos que lo elevaron a cotas alejadas para mundanos, sufren una inclemente caída a todas luces arbitraria. La lucha se araña con los espinos del camino en un partido sin balón y en el campo de la adversidad, pero jugando en equipo el horizonte se llena de luz, en la derrota y en el triunfo. Aquel niño de Badia, Ciudad Natal de Anty, que soñaba cosas maravillosas creó la oportunidad y le pasó el testigo a un joven que la desarrolló y éste a un hombre que, a pesar de las cartas, aún sigue jugando ¿Qué es el éxito entonces? ¿Ser reconocido o reconocerse? Ni son todos los que están ni están todos los que son. Ahora recuerdo un cuento de Ray Bradbury, ‘Calidoscopio‘, en el que un astronauta parecía condenado a impactar, tras un accidente de su cohete, sobre la atmósfera. Con lágrimas en los ojos se lamentaba por una vida vacía y sólo quería hacer algo útil. Se convirtió en fuego al chocar con la tierra y un niño vio una estrella fugaz… y el niño pidió un deseo.

Gracias por tu libro, Anty.

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