Desde las diez sin teatro.

En el teatro municipal de mi ciudad sólo puedes hacer teatro hasta las diez. Veintidós horas, diez PM, ni un segundo más ni uno menos. Es cuanto menos inquietante. No es por el toque de queda que ya no queda ni porque a partir de las diez el virus sea más maligno ni por aquellas extrañas supersticiones que persiguen a los teatreros como lo del amarillo o la mierda. El caso es que desde las diez y hacia la noche cerrada no se permite hacer teatro en un teatro. Si eres un ácaro te podrás instalar en un aterciopelado telón a la hora que quieras y cuando quieras. Si eres el fantasma del teatro podrás recorrer el peine y hacer equilibrio sobre las varas electrificadas a horas no permitidas para mortales. Si eres el eco podrás seguir instalado en las negras paredes esperando el momento de volver a ser trasportado en ondas sonoras inventadas por osados artistas. No podrás gemir, declamar, soñar, inventar, crear, gesticular, empatizar, fabular, vivir desde las diez de la noche ¿Te podría salir rabo y orejas de burro como a Canilla? ¿Podría, el espectro del Rey de Elsinor, confundirte con su hijo? ¿Podrían entenderse Antígona y Creonte desbaratando todo conflicto que sujeta a la butaca? ¿Adela, podría optar por un nuevo vestido verde en vez del color de la soga rodeando su cuello? La cuestión es que voces doctas nos dicen que desde las diez no y hasta las diez sí. ¿No era desde las doce eso de los Gremlins? ¿Y lo de cenicienta no era hasta las doce? Claro, si invocas a Shakespeare a partir de la décima hora una gran maldición caerá sobre la ciudad: a todos nos saldrá joroba como a Ricardo III. Si pronuncias moduladas palabras de Blanche Dubois, Kowalski te perseguirá desvelando tus secretos más íntimos. Por eso no se puede hacer teatro desde las diez. No es por intereses ocultos de culos apoltronados ni para reducir costos de presupuestos previamente reducidos por ser de naturaleza accesoria ni por el capricho del cronómetro del Dios Crono. Es porque lo dice el jerarca. Por orden magnánima del mismísimo inventor del conservadurismo. Porque, normas son normas y leyes son leyes. Te pongas como te pongas, aunque estés en un teatro y teatro traigas, no harás teatro durante las cuatro horas previas a la teatral medianoche… Pero, siempre se pueden hacer excepciones de clase o estirpe. Allí donde haya un Rey Lear habrá un bufón para poner el espejo de la idiotez a su amo.

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