El pinchazo que no hubo

Por aquel tiempo tenía una furgoneta blanca con más abolladuras que la cuchara del monstruo de las galletas. A pesar de la desagradable presentación había unos ojos azules para los que la belleza de mi lata andante debía ir por dentro. No lo digo por el conductor que era un servidor, de hecho los vidrios presumían de ser de esos que no dejaban transparentar lo que había en el interior. Lo afirmo porque a vista de cualquier mortal, en lo que atañía a mi furgoneta, lo de fuera era de todo menos hermoso. Aún así allí estaban esas perlillas azules que me esperaban cada mañana, de cualquier mes y año, para ver como montaba mi tartana, infringiendo las normas de tráfico, sobre la acera por la que debían transitar peatones en vez de ruedas de caucho.

—Juro que sólo sera un momento —me decía en silencio a mi mismo como queriendo replicar al pequeño que me miraba con azulados luceros.

Él infante, no más de tres años, pelo rizado de oro y piel blanca, no miraba inquisitorialmente, al fin y al cabo ¿qué era eso de las normas de tráfico para alguien con apenas cuatro primaveras? El niñito miraba con admiración y permanecía quieto, en silencio, de la mano de su padre, hasta que unos minutos después mi vehículo reiniciaba la marcha con el tubo de escape entre las ruedas.

Era de una rutina que asustaba: las nueve de la mañana, mi furgoneta se montaba en la acera y el pequeño detenía la marcha, conocía el ruido del motor, se giraba, miraba fijamente los focos del vehículo que se encontraban a media trayectoria de mis ojos, y no se movía hasta que segundos después retornaba a la calzada en un rechinar de ruedas iluminado por la sonrisa de oreja a oreja del infante. Era un niño inteligente, prometedor, de esos cuyo futuro se dibujaba en el brillo de sus ojos. Me acostumbré a su mirada y a pensar que el mundo podía estar a salvo con niños como él. Sólo por ver un rato más sus ojos, daba tiempo al tiempo, obstaculizando la acera en claro desafío a la policía urbana.

Un día que las nubes lloraban gotas de lluvia, cruel presagio, el niño no acudió a su cita. Ni al día siguiente ni en los días que precedieron al siguiente día volví a ver el fulgor de la mirada de aquel niño. La tierra se lo tragó. Pasaron los años y mi furgoneta pasó a mejor vida. En el desguace aún parecía que alguna mirada furtiva observaba como las máquinas descuartizaban el metal de lo que fue mi compañera de fatigas de gasoil. Ya llegaron los tiempos en los que uno caminaba a tres piernas: las dos de origen y la de madera del cayado. Fue entonces cuando, no sé ni cómo, me enteré de que aquel niño, entonces, murió de difteria.

Qué ironía, no debía haber muerto, no en los tiempos que corrían. Un ligero pinchazo en el hombro lo hubiera salvado, pero los que presumían de quererlo más que a nadie en el mundo le hicieron caminar sobre la cuerda floja. Si no se hubiera interpuesto la estupidez hoy el mundo sería un poco mejor con personas como aquella criatura de luceros azules, pelo de oro y piel de nieve.

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